Volver al Delta
Rafael Rattia
Ùltimamente me ha dado por pensar con inusual persistencia en
eso que suele llamarse las raíces ancestrales del hombre. Recientemente en
vacaciones de Agosto-Septiembre venciendo un impulso ontológico de mí reacio
ser, viajé a mi tierra natal, a mi añorado y tormentoso Delta del Orinoco con
la idea de intentar “reconciliarme” con la alucinante geografía fluvial que
tanto marcó mis felices e inenarrablemente maravillosos días de infancia y
primera juventud. Luego de 10 largos años de ausencia regresé con más
expectativas que ilusiones, pues ya a la edad que tengo nadie medianamente
cuerdo puede abrigar muchas ilusiones sobre el presente que vivimos en esta
tierra de nadie en que ha ido convirtiéndose este país que cada día se me
antoja más una gasolinera al Sur de Miami que un país con todas sus letras como
Dios manda. Con temerosa aprehensión indagué sobre los indicios y señales que
podrían considerarse evidencias empíricas de algunos indicadores que
eventualmente aludieran al tan anhelado “Progreso” y “Desarrollo” que sus
habitantes tan sempiternamente han soñado para su terruño. Por toda respuesta
obtuve que: “como puedes ver, el Delta no
ha cambiado mucho”. Y ciertamente,
si en algo ha “cambiado” el Delta desde que me eviccionè a mi exilio voluntario
hace ya una década es en su inocultable deterioro social, económico, cultural y
político. Costras horrorosas de barracas y ranchos dignos de una antología
universal de la infamia que afean la periferia de su zona metropolitana patentizan
una radical falta de voluntad política para erradicar la pobreza atroz que se
cierne y enseñorea sobre sus habitantes más económicamente vulnerables, esa legión
de incontables “condenados de la tierra” –diría Frank Fanon- en su libro mítico
de homólogo título que al no contar con verdaderas políticas públicas sensatas
y viables para salir de su deplorable condición subhumana se ven compelidos a
caer en la vorágine de la droga y la delincuencia como modus vivendi . Grandes y abominables asimetrías socio-económicas
en su tejido social y cultural demuestran un deleznable retroceso en su natural
proceso evolutivo dan muestras irrecusables de un antropología de la exclusión
y de la democratización de la pobreza que coloca al Delta en un nada encomiable
sitial como paradigma socio-demográfico. Un odioso y detestable segmento de
politicastros sobrevenidos en una casta de intocables nuevos ricos al amparo de
unas consignas huecas que aluden a un igualitarismo que no es tal y
reiteradamente negado por la existencia de esa nueva clase tecnoburocràtica
enquistada en la nomenclatura del PSUV.
Un rasgo distintivo de la población tucupitense revelador de
una pésima calidad de vida es la unánime gordura de sus pobladores. Mucha harina
y carbohidratos de MERCAL han convertido a los deltanos en vehementes y
sistemáticos “carbohidratòmanos”
irreductibles y candidatos potenciales a engrosar las crecientes listas de
pacientes cardiovasculares de Venezuela.
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