martes, 20 de septiembre de 2011

Volver al Delta de mis tormentos

Volver al Delta

Rafael Rattia

Ùltimamente me ha dado por pensar con inusual persistencia en eso que suele llamarse las raíces ancestrales del hombre. Recientemente en vacaciones de Agosto-Septiembre venciendo un impulso ontológico de mí reacio ser, viajé a mi tierra natal, a mi añorado y tormentoso Delta del Orinoco con la idea de intentar “reconciliarme” con la alucinante geografía fluvial que tanto marcó mis felices e inenarrablemente maravillosos días de infancia y primera juventud. Luego de 10 largos años de ausencia regresé con más expectativas que ilusiones, pues ya a la edad que tengo nadie medianamente cuerdo puede abrigar muchas ilusiones sobre el presente que vivimos en esta tierra de nadie en que ha ido convirtiéndose este país que cada día se me antoja más una gasolinera al Sur de Miami que un país con todas sus letras como Dios manda. Con temerosa aprehensión indagué sobre los indicios y señales que podrían considerarse evidencias empíricas de algunos indicadores que eventualmente aludieran al tan anhelado “Progreso” y “Desarrollo” que sus habitantes tan sempiternamente han soñado para su terruño. Por toda respuesta obtuve que: “como puedes ver, el Delta no ha cambiado mucho”.  Y ciertamente, si en algo ha “cambiado” el Delta desde que me eviccionè a mi exilio voluntario hace ya una década es en su inocultable deterioro social, económico, cultural y político. Costras horrorosas de barracas y ranchos dignos de una antología universal de la infamia que afean la periferia de su zona metropolitana patentizan una radical falta de voluntad política para erradicar la pobreza atroz que se cierne y enseñorea sobre sus habitantes más económicamente vulnerables, esa legión de incontables “condenados de la tierra” –diría Frank Fanon- en su libro mítico de homólogo título que al no contar con verdaderas políticas públicas sensatas y viables para salir de su deplorable condición subhumana se ven compelidos a caer en la vorágine de la droga y la delincuencia como modus vivendi . Grandes y abominables asimetrías socio-económicas en su tejido social y cultural demuestran un deleznable retroceso en su natural proceso evolutivo dan muestras irrecusables de un antropología de la exclusión y de la democratización de la pobreza que coloca al Delta en un nada encomiable sitial como paradigma socio-demográfico. Un odioso y detestable segmento de politicastros sobrevenidos en una casta de intocables nuevos ricos al amparo de unas consignas huecas que aluden a un igualitarismo que no es tal y reiteradamente negado por la existencia de esa nueva clase tecnoburocràtica enquistada en la nomenclatura del PSUV.
Un rasgo distintivo de la población tucupitense revelador de una pésima calidad de vida es la unánime gordura de sus pobladores. Mucha harina y carbohidratos de MERCAL han convertido a los deltanos en vehementes y sistemáticos “carbohidratòmanos” irreductibles y candidatos potenciales a engrosar las crecientes listas de pacientes cardiovasculares de Venezuela.