domingo 15 de junio de 2008

Eugenio Montejo: La leve terredad del poema


Eugenio Montejo: la leve terredad del poema

Rafael Rattia

Nunca resultarà fàcil abordar la ponderaciòn de una vida y Obra poética que muchísimo antes de cruzar el frágil ítem que “separa” la existencia de la muerte ya ha alcanzado la trascendencia de su universalidad. Eugenio Montejo, (Caracas, 1938- Valencia-Venezuela, 2008) fue –acaso siempre será, per secula seculorum- una voz que, por antonomasia, funda y refunda la inagotable tradición lírica hispanoamericana y extiende su irreductible vocación ecuménica hasta, y màs allá de, los confines planetarios de la lengua de Cervantes, Góngora, Quevedo, Borges y tantos fundadores de la patria sin frontera que es la lengua castellana.
Con apenas 69 años de intenso y hondo trasegar un singularísimo periplo vital el poeta edificó un corpus scriptum de indudable condición transgenèrica. Aunque, tambièn sin duda, su impoluta gesta creadora sobresalió con creces en el género poético; no por ello dejó de brillar, ex aequo, con sui generis hondura y fascinación en el campo de la ensayística e incluso alcanzó cotas, nada desdeñables, de respeto y admiración en el movedizo terreno de la crìtica y la traducción literaria.
Todo en su vida, desde su advenimiento al mundo hasta su lamentable partida suscitada la primera semana de Junio de este año, estuvo signada por huellas de perennidad. La vida del poeta estuvo inextricablemente fusionada a lo que con el tiempo devendría Obra literaria de impronta eterna. Puede decirse que toda su existencia estética estuvo influenciada por la figura del padre; un panadero de la Caracas de los años cuarenta del siglo XX que supo auspiciar desde la màs tierna infancia del bardo una sensibilidad permeable y susceptible a los influjos del arte de amasar el universo y sus infinitas imàgenes por la capacidad sensitiva del verbo creador del bardo.
La demiurgia empalabradora de Montejo es una réplica metafísica que tiene sus raíces primigenias en su hogar apacible que dècadas después denominó “El Taller Blanco”. No en vano el poeta titula uno de sus màs reconocidos y enjundiosos textos ensayísticos “El Taller Blanco”; inequívoco homenaje al autor de sus màs firmes influencias vitales. Una imagen insustituible de la labor taumatúrgica que encarna todo auténtico creador cuya mirada siempre estuvo colocada en ese tiempo indeterminado que llamamos futuro. La palabra fundante del poeta dejó para la posteridad un testimonio de ineludible consulta sólo comparable a los aportes de Andrés Bello, Pérez Bonalde, Ramos Sucre y otros poquísimos aristócratas del espìritu que edificaron los fundamentos de “la casa del ser” de nuestra venezolanidad. Su cosmovisión literaria, su welstanchauung estètico-poética superó largamente los poderes hechizantes de la facticidad mundana de la vulgata terrenal humana y estableció, por medio del contrapoder del verbo imaginìstico, otro mundo (una terredad) màs humano y digno de ser vivido a plenitud.
Cuando en 1958 el dictador Marcos Pérez Jiménez huye del país, el poeta Montejo apenas rozaba los 20 años y recién abría su mirada a la corriente universal de la cultura y se impregnaba de los símbolos eternos de los principales paradigmas civilizatorios del orbe terráqueo; China, India, Grecia, Indoamèrica, etc. Venezuela entonces comenzaba, a la sazón, a transitar un ciclo de cultura cívica y democrática y pugnaba por dejar atrás una prolongada noche dictatorial que se afanó con inigualable saña durante una década en conculcar las libertades fundamentales del hombre y del ciudadano; entre ellas la que màs desvelos causó al poeta: la libertad creadora y de expresión creativa, hoy seriamente amenazada por un neototalitarismo estatocràtico. La “leche negra” que refiere Paul Celan en su poema inmortal “Fuga de la muerte”.
Con la lucidez nada distante que caracterizó a Fernando Pessoa, Montejo, su igual, se desdobló en no se sabe en cuántos heterónimos; Eduardo Polo, Blas Coll… fueron cara y sello de un mismo y distinto “alter ego” que supo resguardar la inveterada pulcritud de las forma expresivas al tiempo que forjó una Obra de poquísima similitud en nuestro orbe hispanohablante. El poeta siempre fue consciente de haber alcanzado el Absoluto; la revelación esencial mediante la escritura del poema. No obstante, supo con igual hidalguía mantener una humildad sólo comparable a la imperturbabilidad del mineral. Lidió a brazo partido con la insoportabilidad de la conciencia y su instantaneidad en la fugaz chispa del existir. Hizo suyo el credo ramosucreano de “vivir es morirse”. Cuando pudo lo escribió para que sus lectores, èl estaba consciente le sobreviviríamos, no dejáramos de confirmarlo, “el canto (el poema) siempre estará por encima de la escritura”.
En cierta ocasión dijo: “Alguna vez escribiré con piedras/ midiendo cada una de mis frases/ por su peso, volumen, movimiento/ Estoy cansado de palabras.”(Escritura)
Un poema que por sí mismo bastaría para catapultarlo a las cimas de la poesía universal y que en su momento dedicó al padre de Maqroll el Gaviero titulado con el elegíaco titulo “Adiós al silgo XX” es una odisea escritural de insondables resonancias históricas. Un epitafio finisecular me gustaría denominarlo.
Quienes milagrosamente logramos sobrevivirle a Montejo y testificar la transición de la pasada centuria y bebimos, insaciables, de las fuentes de Marx y Freud, Mondriàn y Mao; quienes venimos de regreso del desvanecimiento de los grandes metarelatos emancipatorios decimonónicos damos fe de la devoción que mostró el poeta por ser un hombre de su tiempo, un contemporáneo de sí mismo. Su amor infinito hacia el jazz y su terrible angustia por el inexorable “desarreglo de todos los sentidos” (Rimbaud). Preocupado por el abandono del ser a la enfermedad del insomnio, esa psicopatología del espìritu que todo lo zapa y corroe hasta volverlo fútil y anodino. Quienes se internen en el bosque de sus arboladuras metafóricas podrán corroborar que la noche es un leit motiv de su Obra poética.
Puede decirse, sin temor a equivocarse, que Eugenio Montejo hizo del poema un perfecto recurso filial de la Historia como esfuerzo historiográfico por captar la esencia del devenir del espìritu humano. En un poema memorable, toda su Obra poética acaso es una interminable oda a Mnemosine, nos dice el bardo:
“Cada cuerpo con su deseo
Y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
Y los barcos al horizonte.
Estoy cantando la vieja canción
Que no tiene palabras.”(Canción)
El amor, la locura, la muerte, el olvido. Dios, el desamparo, la certeza fatua del hombre y su idolatría a los fetiches ideológicos, la convicción vana de no ser otra cosa distinta de “un ser para la muerte” heideggerianamente hablando; marca toda la poesía de este gigante de la lírica hispanoamericana y en lengua castellana. La música, la pintura, la creación estética en general están en el centro de su Obra como un testimonio vivo de la insoslayable preocupación del hombre por resguardar la belleza simbólica del mundo y el espacio sìgnico que corresponde a sus hacedores.
William Shakespeare dijo una vez, refiriéndose a la muerte: “Nadie ha regresado de aquél ignoto país trayendo noticias del màs allá”, y nuestro inmenso poeta Eugenio Montejo supo decirlo de un modo insuperable: “Nadie, nadie sabrá nunca leer sus propios epitafios”. (Cementerio de Vaugirard)

viernes 6 de junio de 2008

EN LA MUERTE DE EUGENIO MONTEJO


¡Hasta pronto Poeta Montejo!
Rafael Rattia
“el mes de junio se extendiò de repente en el tiempo con seriedad y exactitud como un caballo y en el relàmpago crucè la orilla.”
Pablo Neruda. “En el corazòn de un poeta”

No por ser demasiado obvio hay que dejar de subrayarlo: la muerte no està ahì para escribir sobre ella. Como dijo Heidegger: “La muerte se refugia en lo enigmàtico”. La reciente “mala nueva” que nos trajo este comienzo de Junio sobre la muerte del poeta Eugenio Montejo representa un fulminante hachazo en el alma de la poesìa universal y especialmente de la poesìa hispanoamericana. Cuando muere un poeta, genuino, autèntico, original; en fin, un POETA, de la estatura intelectual y la dimensiòn ètica y estètica de Eugenio Montejo, algo esencial de la estructura moral y anìmica de una naciòn se resquebraja; una pieza del complejo mecanismo psìquico-emocional que conforma el “espìritu del pueblo” se rompe definitivamente y, con ella se pierde para siempre todo un mundo de libros leìdos que ya nunca jamàs llegaràn a nosotros, tristes sobrevivientes del poeta, en la eufonìa de la irremplazable voz del bardo con sus cadencias singulares, entonaciones ùnicas e irrepetibles. No descendiò a las simas abyectas de la adulancia genuflexa a hacer concesiones a la vocinglerìa propagandìstica de fatuos fuegos redentores falsamente emancipatorios.
Cuando màs falta hace la voz lùcida y valiente del poeta en tiempos de borrasca societal; cuando, en medio del fragor de voces aceradas por la diatriba ìnsita a la vindicta pùblica y de los antagonismos consubstanciales al debate propio de la polis y su àgora que pugnan por sostener la coherencia y el tono morigerado de la palabra en medio del ruido estridente y ensordecedor de las consignas vacuas de la revoluciòn que exhortan al fratricidio cìvico y a la exterminaciòn recìproca, viene el poeta y se marcha dejàndonos ìngrimos, a la intemperie y en el desamparo de la necesaria voz cantante y magisterial que por años (dècadas) ejerciò impecable y sin màcula. Nunca sabremos asimilar la oquedad ni la pèrdida de una de nuestras voces tutelares que supieron llevar, con pasmosa dignidad, el testigo de la poesìa hispanoamericana hasta cotas de excelencia supremamente insuperables. Requiescat in pace Poeta.