martes 29 de enero de 2008

Fernando Vallejo. El desbarrancadero

Rafael Rattia


Esta es una novela signada por el escándalo. Se trata de un inusual ejercicio narrativo cuya voz viene de los más insólitos socavones de ultratumba; inimaginables voces surgidas de una voz matricial, la del autor, proveniente de las más impensadas simas de la psique humana; tal como el mismo autor lo dice en las últimas páginas de esta magistral narración: “Colombia es un país afortunado. Tiene un escritor único. Uno que escribe muerto”. 194 páginas de delirantes historias entrecruzadas por el tenso hilo memorioso del autor, dan cuenta de lo que quizás pueda ser el último “enfant terrible” de la novelística colombiana contemporánea. El desbarrancadero es un torrente, ¡qué digo!; una catarata de osada e irredenta imaginación literaria que no da tregua al lector ni en lo concerniente al manejo impecable de la estructura anecdótica ni en lo relativo al insuperable dominio expositivo del lenguaje. La geografía espiritual de esta novela está constituida por una tríada cultural cara al escritor: México, New York y su Medellín (Colombia) natal objeto de furibundo escarnio literario por ser la más viva representación de la carnicería en marcha del espíritu. Ciertamente, la voz del narrador toma posesión del discurso narrativo desde la primera línea de esta perturbadora novela y ya el lector no puede escapar a los embrujos sintáctico-expresivos que caracterizan a esta magistral aventura del inconsciente cultural latinoamericano. Un lenguaje desinhibido y libérrimo se adueña de toda la narración al punto de darnos la sensación (rayana en la certeza) de que el personaje principal de esta novela es el lenguaje mismo. Soez, psicalíptico, heterodoxo como pocos novelistas, irreverente, iconoclasta e irrespetuoso de los buenos modales para con las normas instituidas por la fuerza se los hábitos y costumbres institucionalizadas, a su vez, por el sentido común, su autor, Fernando Vallejo escapa indemne al cánon narrativo al que nos tuvieron acostumbrados los exponentes del boom de la novela hispanoamericana. Cero narrador omnisciente en esta terrible novela. La voz del escritor es el rasgo distintivo que nos lleva de la mano por entre las inmisericordes páginas de esta novela de desarraigo, de forzoso exilio, de cotidianos sicariatos, de enmarihuanados personajes eidéticos condenados a morir de mengua en medio de una farsante sociedad gazmoña hasta lo indecible. El anticlericalismo de Vallejo es santo y seña de estas casi doscientas páginas de revulsiva historia de la “intrahistoria” subjetiva de la actual Colombia. El escritor demuele a mandarriazos la estulticia de la decimonónica dupla que ha asolado a la hermana República. Con una lucidez digna de mejor encomio derriba las sacrosantas estatuas que a través de un poco más de dos siglos han erigido los siameses de política colombiana. El liberalismo conservador o el conservatismo liberal; pandemia que no ha cesado de aniquilar los fundamentos primeros y primarios de la colombianidad. En esta novela no sólo deberían verse retratados nuestros hermanos históricos; también es un espejo donde deberíamos vernos quienes vivimos del otro lado de la frontera. El desbarrancadero es más que una buena novela: valga repetirlo, ¡magnífica! ¡excelente obra literaria!. Más allá de todo esteticismo bestsellerista en que pueda caer una obra producto del marketing del libro a que se supedita por la lógica de la industria cultural del libro; este portentoso libro le devuelve al lector la capacidad de fabulación porque nos hunde hasta el fondo de los abismos, hasta los más insospechaos escondrijos de la psique del humano ser mostrándonos las lacras inocultables de una sociedad enferma en estado terminal. Lo menos que se puede decir de esta novela de Vallejo es que es lacerante y desgarradora. Indudablemente, nadie que lea esta novela puede aspirar seguir siendo el mismo después de leerse sus modestas pero atormentadas doscientas páginas. Si para finalmente llegar al cielo es menester pasar obligatoriamente por el infierno, entonces bien vale la pena invertir unas cuantas horas en la lectura de esta gratificante novela.
Sin hacerle concesiones estratégicas al realismo sucio, toda la hez moral de una nación es puesta en escena ante los atónitos ojos del lector que van re-conociendo las miserias y bajezas de un segmento social degradado hasta la vileza por la droga, el alcoholismo y, en palabras del mismo autor, la hijoeputez de sus ciudadanos empeñados en descuartizarse, descabezarse, destriparse sin fin hasta el aniquilamiento recíproco. Todo lo que se pueda decir de esta novela es poco para intentar aproximarse a la abyecta sacralidad que aguardan por lectores como usted que lee estas líneas.

domingo 27 de enero de 2008

La crítica y la pseudocrítica!!


El Ocaso de la Crítica

Rafael Rattia



Históricamente, desde que homo sapiens se sabe consciente de ser una entidad socio-antropológica ontológica y metafísicamente capaz de preguntarse por sus propias trazas de escritura y pensamiento, la crítica (práctica y teórica) ha estado indisolublemente aparejada a todo propósito de cambio. Indefectiblemente, cuando se dice “cambio” se dice taxativamente ruptura, modificación de hábitos y sacudimiento de costumbres instaladas por la fuerza de la compulsión psicológica externa (el socius locus) en la mente y cuerpo –estructura psico-somática) del individuo. Tal vez por el razonable temor que infunde la idea de cambio en toda persona; pues no hay cambio impunemente, muchos seres humanos se escandalicen cuando oyen hablar de “revolución”. Muchos escritores, intelectuales, (y lo peor del caso: con fama y nombradía literaria) suelen confundir la crítica textual con el denuesto y la desmedida arremetida ética y personal contra el individuo. Aquello por esto. Probablemente continúan pensando, erróneamente, que la crítica es un paredón de fusilamiento a donde hay que llevar a todo aquel que no se aviene con nuestros gustos estéticos. El yerro de quienes así piensan, y actúan, se ha introyectado de tal modo y con tal fuerza en ellos (“los críticos”) que ha terminado por convertirse en rasgo característico del “crítico” local; quiero decir, nacional, esto es; venezolano.
Obviamente, todo ejercicio crítico supone un contexto histórico-social, toda crítica es de alguna manera legataria de una época y de una dimensión temporo-espacial. La aberración consiste en querer “traspapelar” el contexto con las condiciones individuales y subjetivas que caracterizaron la conducta personal del autor del texto. “Críticos” los hay en nuestro país que presumen continuar viviendo de las canonjías y prebendillas que les deparó en cierta época el haber emborronado unas cuantas cuartillas sobre grupos y grupetes literarios, manifiestos poéticos y cartas de presentación de algunos “escritores nacionales” que la mitad de sus exsangües y anodinas vidas intelectuales se la pasaron subsidiados por el mecenazgo estatalista. El de ayer y de hoy. Produce grima ver tanto crítico por encargo haciendo halagos de baja estofa para “justificar” un mísero mendrugo quincenal en la taquilla ministerial: y a esos se les llama “críticos literarios” en este país. La orla y el ditirambo fácil signa sus garabatos mal escritos en los periódicos y publicaciones periódicas destinadas a la difusión cultural y literaria nacional. ¡Que pobreza de espíritu! ¡que menesterosidad intelectual! ¡que pobrediablez cultural! ¡aquí lo que reina es la mentecatez de las loas y elogios de la fachenda mutua!
Tal pareciera que en Venezuela estuviéramos viviendo un tiempo histórico-cultural de ensalzamientos vacuos y de cultos infames a la personalidad de empequeñecidos personajillos de la farsa pseudo-culturosa venezolana. A poco que Usted voltee y observe en derredor podrá advertir una recua de “gerentes culturales” estatofílicos (adoradores del Estado) que viajan y pernoctan en hoteles cinco estrellas con todo lo que ello implica sin aportar una sola cuartilla que valga la pena ser publicada con un mínimo de decencia. La antigua crítica, el añejo espíritu subversivo e impugnador devino alma adocenada y Vulgata del mal gusto y del pensamiento chato y envilecido. El otrora admirable heraldo de la disidencia es hoy la triste y estropajosa figura del arlequín mediático que a todo dice que sí y a nada dice que no. La dialéctica negativa de la gloriosa “Escuela de Frankfurt” con Walter Benjamín, Teodor Adorno y Max Horckheimer a la cabeza de las posturas heterodoxas y ácratas (léase, libertarias y anarquistas) son hoy en este presente histórico una curiosidad museográfica. Me pregunto en el paroxismo del estupor intelectual, porqué en este triste villorio de ciudad sin intelectuales corajudos, nadie cita a Toni Negri, Cornelius Castoriadis, Rudolf Bharo; será que nuestra casta e “ilustrada” casta de eunucos del pensamiento subsidiario no conocen la tradición irreverente de las ideas políticas de finales del siglo XX y comienzos del XXI? ¿Es acaso ello el natural resultado de la compulsiva ideologización homogenizante que auspicia el bloque histórico dominante y su monolítica hegemonía estético/cultural?

jueves 24 de enero de 2008

Un texto poético de Rafael Rattia


EL MAR

Cada batir de olas
Es una pregunta fulminante
Definitiva
Una pregunta nueva inédita
Que no admite respuesta cierta ni
Verdadera
¿Es la pregunta infinita que todos
nos hacemos desde siempre?

Ebria de teluria
La dulce luz mugiente
De la campánula celeste
Se esparce sobre los pliegues
Azules del agua insistente
El cielo gotea lento y el mar
Reclama deudas pendientes

Un poema de Rafael Rattia



La tristeza del Mangle

La apacible tristeza del Mangle
Orna la tarde ávida de la tenebra acuática
Un moriche altivo y displicente
Hunde su raíz intemporal en la suave
Ribera de un alba mortecina
Y su vehemencia indomable yace
En el fondo ingrávido del río detenido
Los vapores subliminales
Cargan el futuro en su vientre
Ferroso
Un grito irredento viene de la noche
De los siglos vituperados
Por la espada dogmática
Un catecismo duerme su oración fúnebre
Bajo el hechizo infamante de los borales
Mortuorios
La siesta del caimito derrama sobre los
Cuerpos ancestrales su gelatina sensual
atizando los poros fluviales
Henchidos de deseos insaciables
La gota de fuego cae sin advertirse
En el lomo del váquiro
Filosos cuchillos hienden la tela
Dúctil del sueño febril y los ancestros
Se embriagan bajo los efluvios
De un quejido plural
Que emerge de un dolor antiguo
Lunas tibias en el estómago
Mantienen la vigilia del aborigen
Un licor dulce e incoloro traspasa
Las fibras del Moriche y cae en la boca
Del pez sediento
El ferroso anófeles de la discordia
Succiona la savia deltaica
Mar afuera se evicciona el líquido intangible
De una terra incognita
Y los bucaneros del gel infernal
Festejan la apacible indiferencia de
Los nativos
El sol negro de la violencia sosegada
Se hunde como perno roto
En las aguas turbias de la espera inútil

Un poema escrito en la playa!


Sarcófago


El sonido silente estride
La sonrisa adolescente del sarcófago
Los días brumosos
Giran con la ronda del colibrí
Y un horóscopo herido
Se abandona trémulo a la desdicha
Tumefacta de las cantigas adoloridas
Y la alta madrugada desfalca la ansiedad
De las horas presurosas
Un garfio sediento escancia el último
Minuto de humedades postergadas.

martes 22 de enero de 2008

Notas sobre “EL CORAZÓN DE VOLTAIRE”

Rafael Rattia


Una inesperada interrogante ¿dónde están los restos de Francois Marie Arouet, llamado Voltaire, París (1694-1778)? Formulada en el umbral de una cena diplomática en la embajada francesa en Brsil desencadena una casi enigmática trama novelesca que su autor, Luis López Nieves (1950) gusta denominar “historia trucada”. Por supuesto me refiero a la excelente novela El Corazón de Voltaire. Editorial Norma, 2005, 228 págs.
Con un inquietante formato de correo electrónico y basada en una incansable relación epistolar, el escritor desarrolla un inobjetable tinglado de e-mails con sus respectivas respuestas impecablemente escritos y consigue estructurar una historia que, una vez ha cautivado la atención del lector entre sus subyugantes páginas, no da tregua… ni la pide.
Entre Mathieu Devereux, a la sazón Viceministro de Cultura de Francia, Madame Nicole Dugardin, Embajadora del país galo en Brasil, Roger Meurisse, Primer Secretario de la Embajada francesa en la nación Carioca y el Profesor de Historia de la Universidad de la Sorbonne, Jérome Batailles, conjuntamente con el Dr. Roland de Luziers, Profesor de Genética de la misma Universidad parisina se entabla un interesantísimo intercambio de cartas electrónicas para coordinar la resolución de un asunto de monta mayor y de delicado interés nacional para Francia: investigar, sin escatimar esfuerzos materiales de índole alguna, dónde reposan los restos del más grande filósofo que ha dado la historia de Francia desde sus orígenes como nación.

Leyendo esta magistral novela inferimos no pocas lecciones de orden ético y estético acerca de la máxima valoración que desde siempre Francia le ha concedido a la materia prima que conforma su añeja e indiscutible identidad cultural; icono y emblema orgulloso de Occidente, capaz de hacer cualquier cosa (hasta lo imposible) por preservarse e irradiar su poderosa influencia espiritual hasta los más remotos confines del orbe terráqueo.
En el contexto de las múltiples y sugestivas estrategias discursivas que el escritor despliega con asombrosa propiedad el lector podrá constatar la emisión de elementos narrativos provenientes del vasto campo de la novela policial y de la novela negra que gradualmente van seduciendo con inexorable atracción estética y ganándoselo literalmente para su objetivo inocultable; cual es no permitir que el lector abandone la lectura una vez comenzada su grata travesía por el gozoso océano de sus palpitantes páginas…
Una pesquisa en torno al paradero de Gabriel Daumart, último pariente vivo de Voltaire convoca a todos los miembros del gobierno francés a su localización. Los entretelones y minuciosos detalles de esta búsqueda ponen en evidencia incontestable la sorprendente capacidad de narrar del autor y ello, naturalmente, refuerza el gozo estético del lector en la medida que avanza en su sabrosa lectura.
Luis López Nieves debió leerse todas las biografías del padre intelectual de la Revolución francesa que, valga decirlo, son legión. El autor de esta admirable narración abunda en datos asaz curiosos sobre la vida íntima de Voltaire y, por supuesto, obsequia al lector abundante información sobre su errante itinerario de militante revolucionario antimonárquico, amante y apasionado propagandista de la libertad religiosa y la tolerancia política. A juzgar por las investigaciones históricas del novelista el insobornable anticlericalismo radical de Francoise Marie Arouet lo colocó durante toda su vida en el ojo de la tormenta persecutoria del Ancien Regime y, pese a su notables bienes de fortuna heredados de su padre y hábilmente multiplicados por él mediante osadas transacciones económicas, vivió una existencia de exilio en exilio sorteando los avatares de la intolerancia a sus innovadoras ideas político-filosóficas.
Milton Quero Arévalo y sus “Hechos de habla”

Rafael Rattia



Todavía con la gloria reciente mordiéndole las espaldas por haberse ganado la primera edición del premio de novela Adriano González León con su ejemplar narración larga titulada “Corrector de Estilo” el poeta, novelista y cuentista Milton Eloy Quero Arévalo (Falcón-Venezuela, 1959) vuelve a irrumpir al escenario literario venezolano con un nuevo libro de relatos cortos titulado de manera elocuente “Hechos de habla” editado por la Colección Continentes de la estatal Monte Ávila Editores Latinoamericana, en Octubre de 2006.
Con 10 relatos de regular extensión el escritor corrobora ante sus ya fieles lectores su incuestionable madurez narrativa y adquiere de modo natural su legítimo derecho a ser un miembro más de la selecta casta de admirables cuentistas venezolanos de la nueva centuria. Si el país literario se sorprendió gratamente al descubrir su vigorosa y enérgica voz novelística con “Corrector de Estilo” ahora la sorpresa es mayor y viene acompañada de un sentimiento adicional de júbilo al permitirnos a los lectores el magistral dominio por parte del narrador del complejísimo y desafiante arte de narrar, ex aequo, en formato breve y fulminante (laconismo narrativo) como desde los morosos meandros de la narración de largo aliento (novela).
“Hechos de habla” es una urdimbre de historias contadas sabiamente desde un singular registro memorioso que el autor de estos perturbadores cuentos va tejiendo y galvanizando gracias a una prosa límpida y consciente de su vigor expresivo.
El narrador inventa con inusual lucidez unas estructuras caracterológicas que habitan la psique de personajes preteridos y radicalmente signados por la más terrible exclusión. Personajes out sider que juegan a vivir la no-vida que le asigna el narrador en sus historias por cortesía. Indigentes, recogelatas, rebuscadores, cuidadores de carros, balandros sin oficio, hetairas y travestis atrapados en sueños truncos, bachilleres aspirantes a médicos anatomopatólogos, insaciables bebedores de cerveza que se autoflagelan con los lacerantes recuerdos de sus maltrechas existencias, poetas marihuaneros escritores de acrósticos por encargo; en fin, actantes o jirones de ellos como extraídos de la más sórdida realidad de una fantasmagórica ciudad que todos los días cambia de piel para mejor seguir siendo la misma. No sé, ciertamente, cómo se las arregla el narrador para convencer al lector de la legítima posibilidad de que Aquiles y Patroclo, la Ilíada y Bach coexistan armónicamente en un barrio denominado: ¡vaya realismo sucio! Teotiste de Gallegos, pero su experimento funciona y alcanza cotas excelsas de verosimilitud y de literaturidad, lo que en verdad, por qué no admitirlo, no es poco decir.
Por las hilarantes páginas de estos singulares relatos vemos pasar, como un travelling interiorano, imágenes indelebles que persisten en la memoria de los lectores como “huellas mnémicas” (mnémesis) que operan en nuestra sensibilidad a modo de señas de identidad del gentilicio nacional. El hospital Clínico Universitario, el mítico bar Regency, el no menos legendario prostíbulo El Fenicia, el barrios El corazón de Jesús, Banco Obrero, Delicias, 5 de Julio, Bella Vista, el Hotel Granada, El Empedrao, El Saladillo, son topologías extraliterarias que el narrador recupera y ficcionaliza con dosis de asombro capaces de transformar lo real transformándonos a nosotros como seres dadores de sentido.

lunes 21 de enero de 2008

Israel Centeno, la antiépica de la novela



Rafael Rattia




BENGALA. Israel Centeno. Grupo Editorial NORMA, Colección La Otra Orilla, primera edición, Noviembre 2005, 259 páginas.


BENGALA, es una novela escrita desde el fondo turbio y desgarrado de la vida. Más aún, es la novela por excelencia de los tiempos que corren. Si es verdad el antiguo precepto árabe que tanto gusta citar cierto amigo; “los hombres se parecen cada vez más a su tiempo que a sus padres” entonces he aquí la comprobación empírica y subjetiva de la semejanza del narrador con su época, su tiempo histórico, su irrenunciable presente que lo funda y constituye.
Como toda novela que aspira trascender los endebles parámetros imaginarios de lo real, BENGALA se zambulle con vehemencia y denuedo hasta el fondo de los abismos de unas caracterologías derrotadas y expulsadas del paradisíaco infierno de la urbe que los contiene. Centeno se erige en esta novela en dignísimo artífice de un arte narrativo que escarba el grado cero de la abyección de seres (personajes) extraviados para siempre en los caminos que no tienen retorno: la droga, el paro crónico, la prostitución, el indomable vicio del alcohol, la noche infinita con sus estropicios y degradaciones humanas innombrables. El reino desapacible del vértigo que no cesa, la subsunción de terribles personajes a las más inimaginables dependencias que el escorial del vicio puede llegar a producir en la fragilidad de una mujer como Laura, o en un personaje como Eddie, incapaz de volver a la vida por sí mismo luego que el vicio lo hizo traspasar el umbral de lo tolerable. Una cincuentona, dueña de unas aun conservadas formas y una esbelta y apetecible figura cuidada a fuer de caminatas y aerobics, cansada de tanta rutina toma la nada inocente decisión de vender sus encantos de mujer madura en el Hall de las Fumarolas.
Esta última novela de Israel Centeno es una summa de insolencias; una envidiable reunión de extravíos psíquicos. Por las páginas magistralmente escritas de esta novela transita una muestra nada despreciable de un país negado al futuro, un pedazo de país que nunca sabrá dónde exactamente está. Entre putas irredimibles y cabrones cocainómanos perdidos para siempre en el dédalo del vicio; entre enfermos insomnes y revolucionarios demagogos de todas las pelambres, entre malhechores bebedores de cerveza y pedreros del séptimo cielo, transcurre una historia jalonada por incontables anécdotas signadas por un fino lirismo y una prosa narrativa de impecable factura literaria sólo comparable con las historias invencionadas por Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato o nuestro gran Eduardo Liendo. Entre “la calle Ciénaga” y “La Cripta” sucede todo lo que puede imaginar la naturaleza humana. La novela de Centeno es, a no dudarlo, un irreversible desgarramiento ontológico que todo lector serio debe leer para entender la otra Venezuela no prevista en las Misiones de redención social de uso corriente en este tiempo de “ética emancipatoria”. Lacras sociales irredimibles subsumidas entres gases fétidos las veinticuatro horas, de los trescientos sesentaycinco días del año; estropajos existenciales corroídos por la inclemencia destructiva del crack y la basura de la piedra aventados por la sociedad más allá de los socavones de la indiferencia. Bengala es el nombre de un bar, de una avenida, de una región. Es en sí mismo más que un simple nombre, es un mundo paralelo y paranormal lacerante que lastima la moral de una nación empantanada en sus propias e irresolubles encrucijadas históricas. Estimo que es el proyecto narrativo del autor más ambicioso y exhaustivo que hasta ahora los lectores cautivos de este escritor caraqueño hemos tenido la fortuna de leer.
Mucha nostalgia exhalan las perturbadoras páginas de esta novela. Mucho dolor transpiran no pocos fragmentos de los cuarenta y cuatro capítulos de inquietante tensión narrativa de esta ejemplar experiencia literaria. Ningún lector que se interne por entre las páginas de esta novela podrá dejar de ser tocado por una especie de dialéctica de la misericordia que ineludiblemente le marcará su sensibilidad estética como lector. Esa apuesta hago con usted, respetado lector. Lo agradecerás para toda la vida.

domingo 20 de enero de 2008

Un Cuento-Bonsai de Rafael Rattia


Contar un cuento

Rafael Rattia


Anoche regresó el insomnio a velar mis horas de madrugada. De pronto en medio de la inquietud que produce el querer dormir sin lograrlo, me asaltó la idea de escribir un cuento que tuviera como estructura anecdótica el proceso mismo que dispara y desencadena la escritura del cuento. Imaginé un cuento que tuviera como protagonistas a las palabras que sirven para constituir su cuerpo textual. Pero cómo hacer para que dichas palabras tengan suficiente nervadura, suficiente sangre cómo para que respiren solas. ¿Qué hacer para que la frase hable y diga lo que ella quiere decir sin que yo tenga que forzar la relación entre las palabras para que el sentido lógico y coherente vaya dictándome la natural historia que debe contar un cuento?
Entonces me dije: -y si escribes sobre las dudas y las inquietudes que suelen asaltarte cuando te sientas frente a la computadora cuando vas a escribir un poema, un ensayo, un artículo; o sencillamente cuando te sientas a escribir bocetos de reflexiones sin objeto y sin propósito.
El insomnio me hizo bien porque el sueño se fue definitivamente y me dispuse a escribir. Me di cuenta que cuando la mente desata las amarras de las ideas se desencadena un torrente de palabras que quieren decir algo; es ahí cuando debe uno activar el pensamiento para darle un cauce a las ideas. Lo importante es que las palabras empiecen a brotar, ya tendremos tiempo de suprimir aquellas que no deben estar ahí donde originalmente alguna de ellas quiso estacionarse. Sí, porque existen palabras que tienen vocación sedentaria; por más que tu las empujes no te hacen caso y se resisten a colocarse donde tu quieres que ellas vayan. Es entonces cuando la frase suena con un ruido incómodo. Me fijo muy bien en esas frases deslumbrantes que parecen tan exactas. Se me aguan los ojos cuando leo esas expresiones definitivas y fulminantes que me sumergen en una especie de Absoluto. Si quitas una palabra la frase se derrumba como un castillo de naipes o una casita de arena cuando la ola marina la borra de la orilla de la playa. La frase debe tener un cierto ritmo, mejor dicho debe poseer una cierta musiquita que la haga sonar atractiva al oído. Por ejemplo: es chocante, me dije, idear una frase que diga: el paralelepípedo dibujado por el vuelo de la tonina celeste chocó contra la bandera tricolor. Es horrendo. No tiene música, es una expresión desprovista de lirismo. Es una frase profundamente antipoética. Pero he aquí que la pluralidad de posibilidades perceptivas que suscita la palabra en cada lector me desmiente. La afinidad histórica de la figura matemática del paralelepípedo con la fluvial imagen de la tonina o delfín de agua dulce, aparentemente no pareciera tener nexos de familiaridad. No obstante, y a pesar del sutil antagonismo que subyace en ambas palabras, las mismas exhalan un eco o una reminiscencia lógica de hermandad que trasciende el sentido o significación que por separado ostentan. Es que cuando convocamos las palabras a la fiesta del lenguaje; cuando las reunimos para intentar darle sentido coherente a una emoción o un sentimiento hay que estar vigilante, ojo avizor, pues entre las guabinas siempre se cuela un bagre. Hay palabras sibilinas que las llamamos a formar parte de la frase o de la oración porque en el instante en que escribimos no nos viene a la mente otra de mayor eficacia semántica y ellas aprovechan ese momento para colearse entre la multitud para quién sabe si oscurecer o dificultar la comprensión exacta de la idea que queremos transmitir. Tal es el caso de la palabra heautontimoroumenos inventada por Baudelaire para titular un poema suyo que desde hace 200 años es patrimonio literario de la humanidad. O la palabra sarvakarmafalatyaga que leí una vez a E.M. Cioran y que traduce algo así como ´´desapego del fruto del acto´´. Tampoco se me escapa eso de la presunta naturaleza elitesca de algunas palabras. Por ejemplo, la palabra caviar, la palabra gaviota me remite a cierto sentido aristocrático pero caviar no me sugiere un significado elitesco. ¿Merced a qué mecanismo sintáctico una palabra exhala una cierta donosura de sentido? ¿Acaso tienen origen nobiliario algunas palabras en desmedro de otras? ¿Dónde está la plebeyez de una palabra? ¿Qué hace que una palabra sea más o menos popular que otra? En la vertiginosa carrera de palabras que supone toda lucubración literaria, en el despliegue libérrimo de las palabras dentro de las expresiones ficcionales, difícilmente una palabra aislada y sin conexión con otra signifique algo en sí misma. Menester es que el pequeño demiurgo de la escritura las inter-relacione, las co-relacione, las funda y confunda, fusionándolas en una totalidad orgánica de sentido, en un universo plural de significación que postule una anécdota, una trama, unos actantes, una dialògica, un tiempo y un espacio y, en fin, una estructura narrativa que cuente algo importante y digno de ser leído y valorado en tanto objeto estético.

sábado 19 de enero de 2008

LIDIA SALAS: VALORACIÓN DE DOS INSTANTES


- I -

Hace exactamente una década, en 1994, un venerable Jurado Calificador, decidió otorgarle una Mención Honorífica a un libro de poesía titulado extrañamente MAMBO CAFÉ, escrito por quien a la postre ha resultado una extraordinaria exponente de nuestra más acendrada poesía contemporánea venezolana, me refiero a la notable poeta LIDIA SALAS (Colombia,1948)
MAMBO CAFÉ es un texto revelador de lo que la crítica literaria tendría que llamar una poética del Absoluto. En apenas una cincuentena de páginas, un discreto y sigiloso cuadernillo que a los ojos distraídos de cualquier lector pudiera pasar desapercibido, su autora, la escritora (poeta y filóloga) LIDIA SALAS deja testimonio y evidencia irrefutable de una lucidez y una sensibilidad lírica propia de quien se sabe profunda conocedora de los secretos y enigmas de la alquimia verbal, de la tradición poética hispanoamericana. A decir verdad, el díptico (“Agua de Brasas” y “Tatuaje en la Gamuza”) constituyen la imprescindible textura de la maravilla y el asombro literario.
Así como existen libros de horas, libros-homenajes, libros de viajes, libros-testimonios: del mismo modo este libro está concebido para ser leído por los amigos; obviamente se trata de un libro escrito para los amigos pero signado por un destino trascendente, un libro destinado a regocijar sensibilidades de lectores extraordinarios. MAMBO CAFÉ es una gesta poética forjada en el “desarreglo de todos los sentidos”; es un libro rimbaudiano en el más fiel y estricto sentido de la expresión. Sus versos están edificados al fragor “de barras, en bares solitarios”, en el extravío sensible de la palabra poética; el lector que se abandona a la plácida y regocijante lectura de este libro puede llegar a escanciar la sensualidad de la noche en una interminable excursión a los recónditos escondrijos de la bohemia, del amor y el desamor. Podría afirmarlo sin temor a errar: LIDIA SALAS es de las poquísimas poetas en Venezuela que se ha atrevido a romper los moldes tradicionales de la escritura lírica; la escritora profiere una voz que va más allá del género masculino/femenino pero siempre vocacionalmente el lector encontrará una poesía proyectada hacia la universalidad intemporal. En los versos alojados en este libro no hay taxonomías genéricas al uso; de pronto el lector siente que conversa con una voz masculina y repentinamente la voz que viene acompañándonos en la lectura se trueca en cálida y sensual voz femenina. MAMBO CAFÉ es, en apariencia, un libro como cualquier otro, sólo que en él existe un evidente rasgo distintivo: es lo más perecido a la vida pero elevada a niveles expresivos tan sublimes y extraordinarios que nos invita a recorrer el camino de toda auténtica obra de arte: de lo cotidiano a lo trascendente.
Este texto poético destila una lírica jazzeada con alusiones estremecedoras a Charlie Parker o Ray Charles al tiempo que transparenta un intenso y sostenido erotismo que se torna imperceptible por su tenue delicadeza enunciativa. La evocación persistente del sujeto lírico se despliega en la página con un inusitado portento estético gracias a la confianza que guarda la escritora en esa caja de resonancias líricas que es la memoria de la imagen y el destello significativo de la palabra. La ciudad hostil a la sensibilidad artística del poeta, la incertidumbre espeluznante que se cierne sobre la afanosa búsqueda creativa del poeta, el febril insomnio que acicatea las noches infinitas de la urbe insensible a los padecimientos de la poeta.

-II-

LUNA DE TAROT


En un país signado por la incertidumbre y la desolación cultural, no hay nada más idéntico a la salvación de la zozobra y al resguardo del naufragio que la lectura de un libro de POESÍA, de verdadera y auténtica poesía.
La poesía, cuando es genuina, es persistencia de la memoria, evocación y ansias irreductibles de recuperación del tiempo perdido, resurrección de la edad de oro de una existencia intransferible que quiere vivirse otra vez fusionada en los elementos esenciales de la naturaleza humana. Y cómo no admitirlo con todas sus letras. La poesía de LIDIA SALAS es creación verbal signada por la luminosidad y la transparencia de una expresión que elude la expresividad forzada. Cuando leo el poemario LUNA DE TAROT, (Círculo de Escritores de Venezuela, Caracas 2000) quedo prendado a sus fulgores lingüísticos, cautivo en la fecundidad significativa de su simbolismo maravilloso. Las temáticas que informan este esplendente y gozoso itinerario del verbo lírico se entroncan con el antiguo árbol genealógico de los dioses en exilio, el eterno y recurrente asedio a la ciudad que tanto duele al poeta que canta su estro en medio de turbas fanáticas capaces de inmolarse por una amonedada frase vacía de sentido. La escritora vierte, en la página inagotable del desafío expresivo, signos terribles de un mundo poblado de “perros desolados”, de “pájaros de luto”, de “poetas solitarios”, de “tiempos remotos” tal vez imposibles de volver a vivirlos tal como fueron concebidos por la insobornable imaginación del creador.
LIDIA SALAS instaura una utopía metalingüística que alude siempre, y cada vez más enfáticamente, a la posibilidad genésica del verbo transgresor que produce otra realidad fuera del canon racional a que nos somete la domesticación compulsiva del Orden instituido, del sentido común que pontifica cierta poética almidonada de oficialismo. Con inusitado agrado confieso que LUNA DE TAROT me eleva a experimentar paroxismos sensitivos jamás imaginados con otros libros de poesía que me han sido dado leer; y mire que son legión los libros que he leído en mi ya larga vida de lector de poesía. Celebro con jubilosa algarabía este libro nada edificante pero que sienta las bases para una poética de la irreverencia, para una sensibilidad del desacato que tanta falta hace en este festín de imbecilidad turiferaria que se ufana de lo que no es en bautizos de libros, cócteles y homenajes fatuos donde el bostezo y la desidia son el emblema cultural distintivo.
La poesía de LIDIA SALAS reivindica el aristocrático y nobiliario título de “expatriado de la luz” en una época y nación en que el disenso y la lucidez son catalogadas de “apátridas”. Después de leer con indescriptible entusiasmo estético este portentoso poemario uno siente y adquiere la certeza de que algo esencial se ha roto definitivamente en nuestro YO. Este libro rompe normas y hábitos anquilosados en nuestro espíritu de ciudadanos urbemáticos, casi borrados por el trasiego insensato de un mundo descorazonado, estupefacto y sometido a los vaivenes de su implacable deriva del desvarío.
Los poemas que integran esta LUNA DE TAROT albergan los pálpitos de una tristeza que atormenta el alma desnuda e ingrávida de la escritora en todo su magnificente desamparo. Leyendo este regocijante compendio de textos imprescindibles confirmamos la excelsa calidad de escritura que ostenta esta importante cultora del lenguaje poético. Ella canta al pertinaz insomnio que lastima su alma ya herida por el desasosiego de ser tan solo un ser sensible, íngrimo y solitario en medio de turbas ansiosas de no se sabe qué cosa.
No es difícil advertir en estos poemas de LIDIA SALAS una tesitura desperada que con estruendoso conformismo la inexorabilidad de lo peor en la inevitabilidad de la tragedia. Veamos:
“Invitados desde siempre
a la macabra danza de la muerte
sus rondas han de triturarme
entre sus vueltas
He llorado lágrimas de azogue
Cuando su hoz nos cercenó la vida
del hermano
(…)
¿Cuántas veces el pan sin levadura,
Los convidados a la cena amarga?

La poesía de esta rapsoda encara las zonas más oscuras y complejas de la naturaleza humana; en este poemario están las pulsiones más hondas que imaginarse pueda un lector atento de su estética verbal. Por ejemplo, estremecedoras imágenes de cadáveres mutilados, cuerpos desgarrados y hecho jirones –como dice la escritora- cubiertos de luto y de ceniza, expuestos al vértigo de una violencia cegadora que hinca sus voraces colmillos en generaciones enteras de una estirpe que se niega a claudicar ante la muerte sus corolarios.

Toda una poética del conocimiento, toda una ética del saber, toda una estética de la sabiduría destilan los textos tejidos en esta ceñida construcción de lenguaje que resulta LUNA DE TAROT.

Breve Noticia sobre la Autora:

LIDIA SALAS nació en Barranquilla, Colombia en 1948. Actualmente está residenciada en Venezuela. Poeta, crítico y ensayista. Es Licenciada en Filología e Idiomas por la Universidad del Atlántico, Barranquilla y Magíster en Literatura venezolana (UCV).
OBRA POÉTICA: Arañando el silencio (1984) Mambo Café (1994) Venturosa (1995) Luna de Tarot (2000).
ELI GALINDO, TRES DÉCADAS DESPUÉS



Lo recuerdo tan nítido, tan bien que parece que fue ayer. El poeta Elí Galindo, junto al joven narrador barquisimetano Juan Carlos Méndez Guedez y éste humilde lector nos encontramos en la Biblioteca Pública “Andrés Eloy Blanco” del Delta del Orinoco para deliberar sobre un concurso literario, mención narrativa, auspiciado por el desaparecido Ateneo Internacional de Frontera “Casa de las Aguas”. Es la única vez que lo he visto en mi vida y su imagen quedó indeleblemente grabada en mi memoria como la imagen de una mítica leyenda literaria. Hoy me detengo en un libro que llegó a mis manos no sé de qué manera ni cómo, pero un día apareció en mi biblioteca haciendo honor a su extraño título: LOS VIAJES DEL BARCO FANTASMA (Poemas). Premio Universidad Central de Venezuela, 1973. Colección Letras de Venezuela. Dirección de Cultura.UCV. Caracas-Venezuela.1974. 89 p.

El libro del poeta Galindo se inicia con una espléndida cita del gran poeta persa Omar Khayyam, el autor de los célebres Rubayyat. Veamos el paratexto con que se inicia este libro:
“Más allá de la Tierra, más allá del
Infierno, me esforzaba por ver
El Cielo y el Infierno. Una voz
Me ha dicho: “El Cielo y el Infierno
Están en ti.”

De esta reflexión poética proveniente del milenarismo persa debe venir el famoso aforismo de Albert Camus: “Ici le ciel, Ici l’enfer”. Ahora bien, porqué el escritor inicia su magna aventura literaria con una cita de Kayyam? No debe olvidar el lector que cuando este libro gana el primer premio de poesía UCV-1973, recién estaba finalizando la revuelta estudiantil universitaria que la historiografía venezolana conoce con el nombre de “Renovación Universitaria”. El contexto socio-histórico que rodea el nacimiento de este libro está impregnado de herejía artística, heterodoxia estética, blasfemia lírica, contestación literaria. No hay que olvidar que la vanguardia intelectual venezolana, a principios de los años 70 estuvo umbilicalmente vinculada al quehacer académico ucevista.
En LOS VIAJES DEL BARCO FANTASMA se santifica el malditismo poético de Charles Baudelaire y se erige un casi culto idolátrico a la cosmovisión del autor de “Les fleurs du mal”. Esta etapa de creación verbal que signó la poesía de Elí Galindo, aunque no pareciera tan obvio, acaso estuvo asociada a cierta irreverencia bohemia, a cierto tremendismo literario que también involucraba a poetas como Ángel Eduardo Acevedo, Caupolican Ovalles. Hubo una época en que el culto desmedido por el ajenjo nativo emparentó nuestra estirpe poética con los desvaríos y alucinaciones surrealistas de cierta poesía francesa decimonónica. En el poema titulado “San Baudelaire” el escritor dice:
(…) Dejo vagar mis rasgos sobre las yerbas cortas
un perro negro lame mis cabellos
me acerco a los ríos
donde los peces sacan las bocas del agua
y beben de la luna”. (p.11)

La escritura de este poeta está muy bien sustentada en los más sutiles recursos de retórica dialéctica. Por ejemplo; nótese cuando el poeta alude a los peces que beben de la luna, acaso existe una mejor forma de establecer una relación íntima entre abyección y sacralidad. La dialógica, mejor que la dialéctica, de lo alto y lo bajo; lo abisal y lo celeste logran confluir en una unidad reconciliada otorgándole un estatuto literario a entidades cosmológicas aparentemente contrapuestas. El poeta invoca el manto protector del autor de “El heautontimoroumenos” y dice, refiriéndose al inmortal autor de “hipócrita lector, -mi prójimo- mi hermano”:
“y me veo cruzar las colinas
en su compañía
los dos cubiertos por capas negras
él hablando del infierno
y yo silencioso
tropezando con las rocas.”(p.12)

El poema, inigualablemente escrito, titulado “Inscripción en las puertas del infierno” generosamente dedicado al también baudelaireano Caupolican Ovalles es un sentido homenaje al gran Dante Allighieri. Este poema es una hermosísima síntesis de precioso clasicismo estilístico, pues en él todo está ambientado en un tiempo a la vez histórico e intemporal. Seres errantes pueblan este poema; atmósferas brumosas y llameantes como extraídas de una pintura renacentista, imágenes de fortísimas resonancias síquicas que estremecen la sensibilidad del lector mueven los cimientos y las certidumbres de nuestra cultura. Sólo una maestría en el manejo del enunciado perlocucionario es capaz de decir una idea únicamente con imágenes así:
“Sólo el barco de fantasmas
hace sus viajes
sobre la piel negra de un río
que bordea las murallas de la ciudad”(p.19)

Las profusas alusiones a imágenes antiguas, la prudente elaboración de hipérboles fantásticas le otorgan a este libro una condición infrecuente en el ámbito de la poesía venezolana del siglo XX.
Este libro es lo más parecido a una conversación con los muertos; en él siglos de cultura occidental revive en nuestra memoria, vuelve a cobrar vida y hácese patente de nuevo noticia reciente que informa y enriquece nuestro patrimonio artístico y humanístico. Mitos imborrables de la cultura griega le sirven de pre-texto al poeta para recrear con asombrosa originalidad formal y vigoroso estilo estructuras poéticas capaces de soportar el inclemente paso de los años sin que pierdan su frescura y lozanía sintáctico-significativa.
La poesía de Elí Galindo recogida en “LOS VIAJES DEL BARCO FANTASMA” es una poesía profundamente visionaria, pues se adelanta a su tiempo volviendo su mirada renovadora sobre los orígenes de la antigüedad greco-latina dibujando al lector ciudades desaparecidas, mares inexistentes, atmósferas sobrecogedoras, astros disueltos en los recuerdos de la indómita memoria.
Los fantasmas de Elí Galindo se me antojan tenuemente familiarizados con las obsesiones poéticas de Francisco Pérez Perdomo. Lo que dice Rafael Arráiz Luca de éste último bien puede servir para retratar de cuerpo entero la poética de Galindo: “No cabe la menor duda, su poesía es, como pocas entre nosotros, expresión de la batalla del autor con sus demonios interiores, expresión de la voz más profunda, la que surge de las penumbras de la psique, para dar testimonio de los laberintos oscuros de la experiencia humana.”(1)


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(1) Arráiz Lucca, Rafael. El coro de las voces solitarias. Una historia de la poesía venezolana. Editorial Sentido, Caracas, Venezuela, 2002. p. 221.


Breve Noticia sobre el Autor:

Elí Galindo nació en San Sebastián de Los Reyes, Estado Aragua, en 1947. Es poeta. Lic. en Letras (UCV).

OBRA POÉTICA: Las estrellas fugaces me ponen ebrio (1971) Los viajes del barco fantasma (1974) El ruido de las esferas (1986).
OBRA COMPILATORIA: Nuevos narradores de Venezuela (1985, co-aut.) Jóvenes ensayistas (1988, 2 v.,co-autor).
David González Lobo y su “Casa de Fuego”

Hace ya más de dos décadas, cuando conocí al poeta David González Lobo en los pasillos de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes. Era la Mérida que guardaba fresca en su memoria la muerte de Domingo Salazar; la misma que albergaba en su seno de ciudad maternal los pasos inciertos del insigne poeta Gilberto Ríos, las refriegas estudiantiles contra las fuerzas represivas del Orden; era la Mérida que manifestaba por calles y avenidas por la contaminación del río Mucujún.
Mi memoria lo evoca parsimonioso y taciturno, de andar pesaroso por los corredores de la emeritense universidad, con la única compañía de un pequeño morral lleno de libros. Lo recuerdo asaz bien; mientras yo quemaba cauchos e incendiaba barricadas por reivindicaciones menores el poeta leía ávidamente la literatura prehispánica e hispanoamericana. Recuerdo vivamente sus conversaciones con Belfort Moore, con el poeta Octavio González, con el siempre activo promotor de las letras, lector y profesor universitario Diómedes Cordero, Gregory Zambrano, Gonzalo Fragui, la entrañable Piedad Londoño y la inteligente Sobeida Núñez. De esa estirpe de intelectuales viene el escritor bariniteño, residenciado en Sevilla, España desde 1991. Siempre le asocié a una sensibilidad de beduino; su alegre tristeza era un personaje transitorio que lo habitaba para poder soportar el ruido y la estridencia que se originan en el bullicio de la carrera academicista.
Un buen día me enteré que había decidido irse a España a continuar estudios Doctorales y desde ese tiempo ya no supe más del poeta hasta ahora que tengo en mis manos “CASA DE FUEGO” Ediciones Mucuglifo, Febrero 2004.
El poemario está dedicado al gran antólogo, investigador y polígrafo cubano-venezolano Julio Miranda y es justo que así ocurra, pues no hay nada que merezca mayor agradecimiento que una verdadera e indestructible amistad literaria y el autor de “Rock Urbano” siempre testimonió una ferviente admiración intelectual por el prometedor futuro literario de David González Lobo. Y, ciertamente, no erró el poeta Julio Miranda, sólo que ya no vive para constatar su certera premonición.
El libro se organiza así: Solar, Piedras, Madera y Fuego y Nubes. Los epígrafes hablan por sí mismos: Alberto Caeiro, Julio Cortázar y Rafael Cadenas, tres gigantes de la literatura universal constituyen el santo y seña de esta gozosa aventura poética de trascendente impronta artístico-verbal.
“Casa de Fuego” es un libro escrito polifónicamente, en él se advierten varias voces queriendo explicitarse como paisaje, como cuerpo y misterio, como enigma de las cosas que dicen su lenguaje sin acudir a la traducción que el lenguaje mismo permite por el signo. He aquí una poesía que conmociona al lector hasta las lágrimas, poemas que concitan el temblor emocionado de quien lee estos versos desde el entusiasmo vital que motivó su escritura. El tiempo cronológico que le da vida al poema transcurre en la nocturnidad y los atardeceres; acaso esa recurrencia, ese sístole metafórico sea el origen de la lugubrez de no pocos textos que informan este libro. De allí la profunda inclinación del poeta a la melancolía. Dice el poeta: “Esta noche se llamará mariposa, sonido del fuego, sencillez del girasol que grabo en el agua para cuando desaparezca.”(p.28). No se trata de una poesía depresiva, es melancolía lírica lo que marca la estructura significativa del poema en este libro. Después de leer “Casa de Fuego” el lector sabe “a ciencia cierta” en qué consiste el esplendor de la palabra poética. Este libro de González Lobo nos confirma lo que ya intuíamos antes de adentrarnos en sus interminables aciertos: la poesía puede existir sin la realidad pero difícilmente podemos imaginarnos una realidad sin algún sustrato poético. La terrible belleza que informa la poesía de “Casa de Fuego” se patentiza en el sentimiento de la pérdida, en la certeza de “los amores solitarios” que todos llevamos consigo a lo largo de nuestro itinerario vital. La prodigiosidad verbal que exhiben estos textos poéticos asimilan a su autor a lo más granado de su generación; descuella el poeta entre sus pares con inusitada calidad literaria.

viernes 18 de enero de 2008

LA DEMOLICIÓN DE "LA CASA DE LOS ROJAS"

LA CASA DE LOS ROJAS

Rafael Rattia


El lunes 14 de enero a primera hora de la mañana recibo en mi Smartfhone un mensaje de texto que a primera vista confundo con uno de esas decenas de newspeak que ingresan a mi buzón de entrada de mi asistente personal. A decir verdad no le asigné mayor importancia por la mala redacción del texto en referencia. No obstante, a media mañana del mismo día recibo otro mensaje, seguido de una llamada telefónica informándome que el día anterior, entes de despuntar el alba deltaica, por órdenes de la Gobernadora del Estado Delta Amacuro, Lcda. Yelitza Santaella Hernández, se procedió a la demolición total de uno de los pocos íconos de la riqueza patrimonial arquitectónica y cultural del Delta del Orinoco: la archiconocida y muy querida por todos los habitantes deltamacurenses “Casa de los Rojas”.
Según Resolución número 003-05 emitida por el Instituto de Patrimonio Cultural, esta discreta pequeña joya arquitectónica de la nación había sido oportunamente incorporada al Catálogo Nacional de Bienes Patrimoniales artísticos y culturales de Venezuela y como tal se había ganado el respeto y admiración ciudadana y cívica de los deltanos por derecho de primogenitura. Valga decirlo desde ya; era la única, quiero decir, la última expresión “viviente” que quedaba en pie como legado irremplazable de la memoria histórica-cultural del gentilicio que sociólogos, antropólogos, historiadores y cronistas, denominan “la deltanidad”. Una edificación originalmente construida en madera con techos de teja que reflejaba el natural sincretismo socio-antropológico producido por efecto del concurso de manifestaciones culturales típicas de Guyana, Trinidad y Margarita a lo largo y ancho del devenir sociohistórico orinoquense. Confieso que mi reacción ante la noticia de tamaño crimen de lesa patria estuvo embargada de una inconmensurable ira ontológica; pues como deltano aventado en lejano exilio no me borra los sentimientos de coterraneidad que forja la identidad regional y local en el espíritu que alienta mi cansado cuerpo lacerado por prolongados padecimientos físicos. Aunque quisiera, la honra de ser deltano reclama el concurso de mis modestos esfuerzos y de mi humilde aporte intelectual en pro de la defensa de los rasgos identitarios de una condición que enorgullece más que averguenza. Desde estas breves líneas alzo mi voz de protesta enérgicamente y dejo constancia de mi desacuerdo cívico con una decisión que a todas luces está motivada por inconfesables intereses políticos y económicos que más temprano que tarde saldrá a la superficie y se hará del conocimiento público. La horrenda decisión de demoler “la casa de los Rojas” pesará en la conciencia de sus artífices como una imborrable mácula que la historia habrá de juzgar con todo el rigor y peso que el sabio juicio popular suele expresar en su justo y debido momento.
El reino en la cabeza


Este es el reino de la utopía
Clausurada
De las banderas a media asta
Del “sentido pésame” pródigo y
Abundante
De la precariedad democrática
Sometida a escrutinio de las
Ansiedades estranguladas
¡He aquí, Señores portaestandartes
De la desdicha ataviada de una
Absurda felicidad Mar adentro!
¡Venid, corderos de la redención,
A presenciar su última misericordia
Bajo la soga implacable de
La barbarie con rostro humano
La comuna solidaria copula en masa
Bajo los influjos de la luna llena
Desquiciada por las tóxicas órdenes
Del monarca atado al botalón del llano
Los nuevos heraldos de la patria vituperada
Esquilman las ilusiones multitudinarias
Izando razones cual volantín precipitado
En los acantilados de la incertidumbre.
Blanca Varela: Poesía Escogida (1949-1991)

Rafael Rattia


Cómo no agradecer la infinita bondad que emana de esa fuente inagotable de amor, sabiduría, paciencia y comprensión que es la escritora María Cristina Solaeche Galera; en uno de sus sorprendentes gestos de obsequiosidad que la distinguen me envía un libro de la magnífica poeta hispanoamericana Blanca Varela (Lima, Perú, 1926) publicado por la prestigiosa editorial barcelonesa-española ICARIA en Mayo de 1993.
De la poeta Varela los lectores latinoamericanos sabemos tantas cosas como es posible saber de la vida de escritores que alcanzaron la universalidad tempranamente, antes de los treinta años. Proviene de una respetada estirpe familiar integrada por escritores y artistas limeños en cuyo seno forjó su singular sensibilidad y disposición hacia las letras y particularmente hacia el lenguaje poético de raigambre universal. Comenzando la década de los años cuarenta del siglo XX se alista en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Mayor de San Marcos en Lima, donde abreva de las fuentes primordiales de la poesía española y especialmente de los grandes exponentes de la lírica tributaria del siglo de oro. A finales de dicha década, en plena mitad de la pasada centuria, arriba a la capital cultural del mundo, París, en compañía de su esposo el notabilísimo pintor Fernando de Szyslo, donde se incorpora a las románticas y bohemias conversaciones que escenificaron hombres de la estatura intelectual como Octavio Paz, el alucinado poeta César Moro, el mexicano universal Xavier Villaurrutia. Antes de marchar a París ya Varela conocía muy bien y con propiedad la poesía gongorina y había estudiado a Quevedo íntegramente, pues sus estudios formales de Letras y Educación la familiarizaron hondamente con lo más granado de la lírica hispana de su siglo y de la época precedente. Cuando la poeta se incorpora a las discusiones legendarias que protagonizaban artistas y escritores en los míticos “Café de Flore” y “Café des Etats Units” ya la escritora se había leído a Gerard de Nerval, el famoso poeta suicida de la linterna, conocía como pocos poetas al inmenso autor del golpe de dados, Stephan Mallarmé, había leído con fruición a Eliot y recitaba versos completos de Rainer María Rilke. Su apasionada entrega a la poesía universal le lleva a trabar amistad con sensibilidades de la talla de Javier Sologuren, José María Arguedas y, como queda anotado en líneas arriba, César Moro.

La vida intelectual de Blanca Varela es en sí misma una enciclopedia abierta e interminable: en París conoce y hace amistad con el inigualable narrador Julio Cortázar y se hace amiga del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. En 1951 la poeta conoce al filósofo francés Jean Paúl Sastre y a su compañera Simonne de Beauvoir; de igual modo entraba amistad intelectual con el pensador Henry Michaux, Giacometti, Legar.

La poesía selecta (escogida) que reúne este libro editado por ICARIA nos permite a los lectores un acercamiento holográfico a una de las voces más acendradas de la lírica hispanoamericana del pasado siglo. En todas las páginas de este programa poético de Varela está contenido lo que se podría denominar su ars vitae. Una visión lúgubre de la existencia impregnada de un delirante élam surrealista o parasurrealista en el que destacan rasgos insoslayables de una metaforización legataria de una extraña y nada común forma de ver la vida e imaginarla con registros mentales extraordinarios para la época. Sin más preámbulos veamos una muestra elocuente de su desgarrada lírica doliente:

“Sé que estoy enfermo de un pesado mal, lleno de un agua amarga, de una inclemente fiebre que silba y espanta a quien la escucha. Mis amigos me dejaron, mi loro ha muerto ya, y no puedo evitar que las gentes y los animales huyan al mirar el terrible y negro resplandor que deja mi paso en las calles. He de almorzar solo siempre. Es terrible.” (p.21)

Quien conozca la terrible y acusadora escritura aforística de E.M. Cioran puede advertir evidentes zonas de coincidencias con el pesimismo incorregible del pensador rumano. Los versos arriba transcriptos me devuelven al oscuro malditismo literario que exhala el célebre “Breviario de Podredumbre” del king of pesimist.
Estos textos poéticos de Blanca Varela están concebidos bajo el irrefrenable impulso vital de un tono sacrificial; hay una queja lancinante que hiere y lastima las fibras más sensibles de nuestra estructura psíquica-emocional. Como una condenación, la poesía de Varela devela la constitutiva abyección e infamia de lo bajo, lo terrenal, en fin; lo humano está condenado por adelantado a descomponerse. Como si sus poemas nos advirtiera un reproche incontetable: todo perecerá, todo lo que respira pronto será algo menos que carroña fétida y pestilente.

“Ni una hoja caerá,
Sólo la especie cae
Y el fruto cae envenenado por el aire.
No hay centro,
Son flores terribles
Todos estos rostros clavados en la piedra,
Astros revueltos, sin voluntad.
Ni una hora de paz en este inmenso día.
La luz crudelísima devora su ración.
El mar está lejos y solo
La tierra impura y vasta.”

Entrar en contacto con esta poesía es lo equivalente a ser tocado por la gracia de una poesía espectral y terrible. Tal pareciera que la escritora nos congregara a sus lectores en una asamblea de hombre tristes que escuchan alelados sus poemas como se escucha un mantra milenario bajo los efectos de una especie de epilepsia auditiva.
Leer esta poesía es una aventura estremecedora capaz de remover los cimientos de nuestra cosmovisión poética. Sólo los libros que nos hacen “otros” al término de la lectura de su última página merecen ser tenidos por tales y éste de Blanca Varela es uno de ellos. Por lo demás, menester es acotarlo antes de que se nos escape; si un libro no nos emplaza y conmina a vernos en sus páginas con nuestras miserias y esplendores, si no es capaz de recordarnos que somos hijos de una época y nos recuerda la necesidad de la humildad de nuestra condición frágil y efímera, entonces, ¿valió la pena leerlo, quiero decir, re-leerlo?

En alguna de sus ígneas e iluminadoras páginas dice la escritora:

“Soy un simio, nada más que eso y trepo por esta gigantesca flor roja
(…)
Tal vez soy el único viviente, el que se mueve, respira y se queja.
El único en dar vueltas y girar sobre el lodazal y la culebra. El trompo,
El girasol humano, velludo y limpio, el cantor solitario, el anacoreta,
La peste. Soy, indudablemente, el que se oye, respirando, tejiendo
Para atrapar el acto, el testimonio erizado de ojos y lenguas todavía
Temblorosos, todavía con recuerdos”.

jueves 17 de enero de 2008

Música de Alas


Ahora surco tus aguas enigmáticas
Tus pretéritas soledades umbrosas
Y me sumerjo hondo y vehemente
En tus nubes abrileñas cual Albatros
Cansado y feliz de haber cruzado tus cálidos
Mares insistentes, calmos e insistentes…

Me interno sin brújula hasta tus regiones
Ignotas, impensadas y planto mi simiente
En tus prados ardorosos
Bebo de ti el vino prohibido de tu savia
Inquieta
Escancio tus temblores indómitos
De pez blanco y mantequilla

Celebras con música de alas
Mi osada ocurrencia de volver
A descubrirte nueva, intocada
Recién nacida, como flor abriéndose
Al mundo y recibiendo el ardiente
Rocío de guardados tesoros encofrados
En mis alforjas inconfesables.

"La muerte se refugia en lo enigmático". M. Heidegger

Cuando muere un poeta

Rafael Rattia


Ciertamente, cuando un poeta muere –físicamente se entiende, porque los poetas no mueren nunca- se apaga momentáneamente un faro en medio de la niebla. Cuando un poeta fallece algo sustantivo en la sociedad se quiebra para siempre; algo esencial se resiente de modo radical, es decir en sus raíces. Con la muerte de un poeta son tantos los escritores que se van con él; son tantos, incontables a decir verdad, los libros que cierran sus páginas.
Qué legión de autores silencian su voz cuando un poeta calla la suya para siempre, aunque los ecos y resonancias de la lira del bardo queden reverberando en nuestros espíritus por siempre, adoptando la extraña forma de una prolongación en nosotros de esa especie de cinta de moëbius que es el “tesaurus lingüístico” que orna a su vez la cultura que vamos absorbiendo a lo largo de nuestro feliz y tortuoso transitar por la existencia. No sólo se apaga una voz, un timbre singular, una cadencia verbal cuando muere un poeta: se pierden irremediablemente centenares de miles de libros leídos por el poeta que muere, se silencia una antigua música de alas y horóscopos (el azar y la necesidad inextricablemente fusionados en la súbita inanidad del ser) hace mutis aeternum para trazar una extensión nada habitual en quienes por quién sabe qué enigmática lógica debemos sobrevivirle.

Obviamente, no es una pérdida cualquiera la desaparición física de un escritor; máxime si tras de sí el poeta ha dejado una Obra escrita de sustantivo valor artístico y literario que inexorablemente va a contribuir a acrecentar cualitativamente el incesante e inacabado patrimonio espiritual de la humanidad. Tal vez cuando Andrés Bello murió sus contemporáneos no imaginaron que la muerte del autor de la Silva a la agricultura de la zona tórrida era, al mismo tiempo, el nacimiento de un poeta a los cielos de la eternidad.
El inmarcesible poeta Juan Antonio Pérez Bonalde debió sufrir los implacables rigores del látigo de la indiferencia y el ostracismo antes de venir a “morir” a su amada y escarnecida matria. El egregio bardo cumanés universal, J.A. Ramos Sucre fue aventado hasta la gélida Ginebra por el Servicio Exterior del gomezalato y muy pocos venezolanos de su generación atinaron a atisbar que con su voluntaria desaparición estaba surgiendo la voz más representativa del desgarramiento ontológico, del padecimiento psíquico que significa no poder dormir; condición indispensable para preservar la imprescindible lucidez que distingue a la humana condición. Cito estos tres casos emblemáticos de nuestro parnaso literario venezolano para intentar ilustrar gráficamente y de modo irrevocable la patológica adoración fetichista necrofílica del ser nacional hacia sus más excelsas y sensitivas inteligencias que advinieron al mundo para trascender las frágiles centurias y los endebles siglos para alcanzar la gloria eterna del marmóreo recuerdo de la humanidad. Acaso no se ha interrogado usted, inteligente y sensible lector, ¿cuántos siglos debió permanecer en el más oscuro anonimato, por ejemplo, un poeta como Parménides; cuántos milenios ha tenido que soportar la poesía humillación e inquina que las incontables sociedades y civilizaciones han vertido sobre la humilde y no pocas veces silenciosa trashumancia del poeta sobre el orbe.

Muera el Estado, Viva la Libertad, Muera la Tiranía, Viva la Anarquía

EL AUTOGOBIERNO COMUNAL

Rafael Rattia


Desde las embrionarias experiencias de gobierno autónomo que llevaron a cabo los comuneros protagonistas de la histórica “Comuna de París” pasando por las libertarias revueltas insurrecciónales del espartaquismo alemán y las ricas e hipercomplejas experiencias del Consejismo italiano de los años 19 y 20 del pasado siglo; la idea del autogobierno democrático-revolucionario ha estado asociada al denostado concepto de autogestión ciudadana.
El lector debe saberlo de una buena vez: toda práctica de intervención social y política que comporte algún grado de “representacionismo” tiende a reproducir los abominables antivalores de expropiación ideológica y política de la voluntad del sujeto de cambio social. En consecuencia, postular una presunta democracia socialmente participativa y políticamente protagónica para disfrazar las relaciones de interacción entre “los nuevos dirigentes” y los eternos dirigidos no logra otra cosa que darle continuidad por otros medios a la antigua relación de alienación enajenante del individuo abstracto como fetiche jurídico de la historia.
Una de las grandes zonas de divergencias antagónicas e irreconciliables entre los anarquistas libertarios y los marxistas autoritarios en el seno de la Primera Internacional estuvo centrada precisamente en la autodeterminación empírica y subjetiva del sujeto transformador. Desde su más temprana génesis histórica el marxismo nació bajo los influjos despóticos y autoritarios de la heteronomía. El marxismo, aunque se autoproclame bolivariano, es reaccionario. Nada hay en el mundo tan fascista como un neomarxista ataviado de floripondiosos adjetivos postmodernos.
El primer rasgo distintivo de la Democracia Directa es justamente eso que espanta a los bolivarianos de nuevo cuño: la rendición periódica de cuentas y la revocabilidad del mandato por los electores. La realidad venezolana nos muestra la evidencia de modo incontestable: cuando la actual nueva clase tecnoburocrática era tan sólo una fatamorgana política no mostraba reparos en izar las gloriosas banderas de la autoemancipación revolucionaria de la clase obrera y demás monsergas propagandísticas; hoy, en este aciago y desconcertante presente histórico que vivimos, la vanguardia iluminada autoproclamada “socialista” esconde sus viejas banderas de lucha porque ya sabemos qué le sucede al que “escupe para arriba”. Hoy el concepto de autogestión del sujeto emancipatorio no sólo es peligroso sino que desapareció del léxico de la novísima burguesía bolivariana férreamente enquistada en el otrora mefistofélico poder capitalista. El lector que lee estas intempestivas líneas lo sabe asaz bien: el principio más preciado de la auténtica democracia sin apellidos es la alternabilidad y la rotabilidad de los cargos, la transitoriedad del funcionario público en cargos de elección popular, la elección directa y secreta, la rendición periódica de cuentas ante los electores y la eventual revocabilidad del mandato por parte de los mismos electores a cualquier funcionario público de cualesquiera condición o rango institucional.
La diferencia fundamental entre un paradigma de gestión pública o social bolivariano y uno de índole ácrata o anarquista estriba en que el primero reproduce, con sus prácticas aberrantes adecas y copeyanas (cuartarrepublicanas) las mismas relaciones de enajenación política que envilecen al ciudadano dejándolo en un bochornoso estado de postración política e indefensión ideológica ante el resto de la sociedad. Para el anarquismo libertario la democracia sólo es posible como acracia. Por ello la nueva clerecía redentora se afana tanto en tildar las emergentes prácticas autogestionarias libertarias de nefastas prácticas anarquistas; porque el anarquismo revolucionario le ronca los motores a los farsantes papanatas de la tiranía de nuevo cuño que se ha entronizado en la patria de los bolsones de resistencia cimarronera.

¡Ven aquí heterodoxia!

Estética de la disidencia

Rafael Rattia



El intelectual disidente ha representado una figura más o menos normal en América latina desde épocas coloniales. De hecho las primeras Constituciones de Hispanoamérica fueron redactadas por eminentes humanistas que abrevaron su vastísima formación cultural en las fuentes filosóficas de “la vieja Europa” como gustó llamarla nuestro eterno exiliado Don Andrés Bello.
Disentir parece ser una práctica teórica que se instituye en el acto mismo de pensar; cuando se piensa, mejor dicho desde el mismo momento en que comenzamos a reflexionar acerca de nuestras propias reflexiones, algo sustantivo del tejido discursivo instituido por la razón dominante, que siempre es la razón de Estado, se comienza a resentir. El intelectual duda, el Estado instaura verdades y certezas inexpugnables. Pensar es ya de alguna manera poner en tela de juicio la verdad oficial. Contrario a todo consenso, el intelectual le fascina buscarle cinco patas al gato porque no ve razones para no hacerlo. El ejercicio del intelecto implica el inevitable rompimiento de nudos gordianos, disolver inextricables madejas epistemológicas que en modo alguno son extrañas a la lógica de funcionamiento de los complejos dispositivos axiológicos del poder. Así como El Quijote topó con la iglesia, del mismo modo el intelectual está destinado a toparse con el Estado. Se trata en el mejor de los casos de una relación nada idílica, llena de contradicciones y tensiones de índole ético-políticas. Obviamente, así como existen intelectuales irredimiblemente heterodoxos y remisos a cohonestar la lógica del consenso formalmente institucionalizado; de igual forma abunda mucho el intelectual subsidiado por la nómina estatal, el intelectual que se desvive por la Asesoría palaciega y la agregaduría cultural adscrita al Servicio Exterior o diplomático.
No se trata de calificar al intelectual o de descalificar su adscripción a determinada concepción del ejercicio del poder; al fin y al cabo, el intelectual ´´orgánico´´ e ´´inorgánico´´ como le denominó Antonio Gramsci acompaña irremediablemente el desarrollo social de la formación histórica en la que ejerce su oficio el intelectual.
En las sociedades democráticas es natural el disenso, pues la pluralidad de ideas es consubstancial a toda forma democrática de convivencia pacífica. Es sospechosa la inexistencia de voces disidentes que digan con toda naturalidad sus opiniones y formulen sus particulares convicciones ante la sociedad. A las sociedades cerradas que persiguen la disidencia y castigan la diversidad de ideas se les conoce con el nombre de sociedades obsidionales. No puede ser considerada democrática una sociedad donde el unilateralismo y la univocidad de los conceptos se impongan piramidalmente de arriba hacia abajo irrespetando la multiplicidad de opiniones que palpitan en el subsuelo del tejido social que abriga a los ciudadanos pensantes. Es una contradictio in abyecto imaginar una sociedad verdaderamente democrática en la cual el sujeto epistemológico por definición proclive al debate de ideas esté inhibido de opinar debido a la amonestación que se cierne sobre él si osa expresar con libertad sus convicciones y criterios en torno a problemas sustantivos del llamado ´´cambio social´´.
No debe ser muy agradable responder al llamado de la discusión para hacerse acreedor de epítetos y denuestos tales como ´´golpista´´, ´´fascista´´, ´´traidor a la patria´´ y demás perlas que cual sambenito le es colgado en la frente a cualquiera que se atreva a disentir y sostener una opinión diferente al logos de la revolución. El adjetivo descalificativo es peor que el silencio que se impone el intelectual ante la implacable persecución de que es objeto quien no aplauda las bondades del proceso bolivariano. Disentir se ha convertido en crimen de lesa patria en Venezuela. Existe una prohibición taxativa de hablar en otro registro que no sea el diktat que se elabora en el Palacio.

Otro poema de Rafael Rattia

Este es el reino que me habita



Este es el reino que me habita:
Tu mirada iridiscente despierta
El pájaro insaciable que soy
En la tarde de Abril
Vierto mis ríos vehementes en
Tu cálice de oro palpitante y feliz
Planto mi simiente
Al pie de tu árbol negro y peco
Una y otra vez
“Con el ritmo de infatigables olas”
Escancio tus poros alquímicos y bebo de ti
Hasta el último
Hálito
Nado en tus frenéticas aguas
Bautismales y renazco
En la fugaz pequeña muerte de
Tus labios luminosos de náyade indómita
Me pierdo en ti y regreso de nuevo
Intocado dispuesto a nuevas ansiedades
A nuevos vértigos apto para ser feliz
Contigo vida.

Un poema de Rafael Rattia

Dijéronme así en mi hogar
Devastado por la inquina:
Vete de casa, aviéntame lejos
En la espesura

No vuelvas ya
Asegúrate de morir
Lejos de casa

Cuando advertimos que
Ya no eras como nosotros
Todos tuvimos de acuerdo:
Hay que expulsarlo definitivamente.

Y así fue como comenzó su
Larga diáspora por los caminos
Del viento… sin hogar, ni familia,
Ni casa, ni futuro…
Sólo encontró una forma de
Postergar su fin: el poema.

¿De qué nos sirve?


Rafael Rattia


¿De qué nos sirve el plagio si nuestra única certeza
Es la de ya estar muertos?
¿Por qué el denuedo y la ansiedad irresoluta de entendernos
Si en el espejo en que nos reflejamos sólo vemos el cráneo
Vacío de nuestros hermanos, otrora fachendosos, como nosotros mismos?
¿Para qué cortar la rosa y mutilar el rosal si evocando su nombre su fragancia revive y la restaura en sus pistilos genésicos?
Bogando aguas arriba el cielo es un océano que mira hacia abajo queriendo ser líquida memoria.
La semilla que plantamos en una cálida esquina del Arca
Materna se convirtió en pétrea evocación: las hórridas babas de los jerarcas en el poder disecaron en futuro que portaba la semilla decrépita.
Este es el reino clausurado de una maternidad arrasada por los oscuros nubarrones de la desdicha.
En esta casa sólo se habla bajo el signo de la retórica del silencio: el que hable es hombre muerto, reza una inscripción
Tallada en las puertas del paraíso fluvial. El que habla no come y viceversa. Nadie nos dijo que el futuro era esta estafa forrada de oropeles irresistibles, ataviada de optimismo demente. ¿Acaso advertimos, desde la torre del vigía la inutilidad del sueño interrumpido por lobos aullantes queriendo degollar nuestros hijos nonatos?

Premio Internacional de la Bienal Ramos Sucre.

Conversación con la escritora Julieta León

Rafael Rattia*



Entre sus obras publicadas destacan: Arena del Desierto, Las Aguas borran los Senderos, Eterna Sed, Aguas de Santa Fe (inédito) y MALL (obra ganadora de la última edición de la Bienal Internacional de Poesía “José Antonio Ramos Sucre”) que auspicia el Centro de Actividades Literarias, conjuntamente con La Universiad de Oriente y la Fundación “Ramos Sucre” de la ciudad de Cumaná.

Rafael Rattia: siento un especial orgullo de poder acceder a esta entrevista exclusiva que, gracias a la infinita bondad y gentileza de la escritora, podemos obsequiar a nuestros lectores quienes por voluntad de un terco empeño insobornable pueden disfrutar de la mejor literatura que se está produciendo en la Venezuela de los tiempos que corren.

¿Háblenos de sus orígenes como escritora; desde cuando comenzó a escribir poesía y si se siente inscripta en la corriente histórica de nuestra tradición poética venezolana?

Julieta León: No lo vas a creer. Comencé a escribir muy pronto, porque empecé a leer muy pronto. En la Caracas en la cual viví cuando era una niña muy pequeña, apareció la televisión. Recuerdo que la pantalla identificaba al canal: Broadcasting Caracas. Eso era todo lo que aparecía. Pero era hipnotizante.
De pronto mi mamá, una maestra comprometida con aquel hermoso proyecto que fue la escuela Experimental Venezuela - punta de lanza de la educación en América Latina en ese momento -, descubrió que yo estaba leyendo y terminó de completar el proceso.
Uno de mis primeros oficios como lectora, a los cuatro años, era leer el periódico para mi nana. Ella me subía a un mesón; y allí, mientras trabajaba, yo le leía la prensa completa.
Mi nana no sabía leer; y se negaba rotundamente a aprender. No se podía discutir con esa dama grande, fuerte, rolliza, imponente, de modo que fue una de las poquísimas personas a quien mi madre no pudo enseñar.
A partir de esa experiencia comencé a leer. Dos de mis primeras lecturas infantiles fueron Rabindranath Tagore y Rubén Darío. Ambos dejaron una honda impronta en mi alma.
Tuve además la suerte de que mi padre tenía una estupenda biblioteca; y se me dejaba leer lo que me viniese en gana, sin restricciones. Así que a los once años pude leer las Mil y una noches en su edición original. Un libro insustituible al que vuelvo siempre para tomar contacto con la vida, con el placer de vivirla y de sentirla en todas sus dimensiones, con la riqueza de la imaginación; y con esa actitud narrativa del todo inocente, ajena a la culpa y al pecado.
Otra de mis suertes consistió en que mi madre me regalaba más libros que muñecas. Estoy agradecida por eso. A los ocho años leía novelas de caballería; y quería ser mosquetero, porque me bebí todas las obras de Alejandro Dumas, padre e hijo. Conservo por cierto mi edición de ese entonces, algo maltratada, de 1945. Espero leerla pronto a mis nietos.
A los seis años escribía pequeñas poesías; y a los nueve soñaba con escribir una novela igual a Doña Bárbara, que me encantaba. Recuerdo incluso que empecé a bosquejar algunos capítulos.
En cuanto a si me siento inscripta en la tradición poética venezolana, la respuesta es sí. Claro, dejo a los críticos el averiguar el cómo y el dónde de tal inserción.


Rafael Rattia: ¿Cómo es el proceso creativo de una poeta como Julieta León; qué manías le acompañan en los momentos de forjar el texto poético: tiene especial predilección, por la escritura a mano, por ejemplo, usa libretas, lápices de colores, o escribe directamente en la computadora?

Julieta León: Me encanta esta pregunta. Bien. Me ocurre así. Algunas veces hago planes sobre el texto que voy a escribir. En otras ocasiones el libro se apodera de mí - como me ocurrió con “Arena del desierto” o con “Eterna Sed” - me toma por sorpresa; y soy simplemente el canal a través del cual ese texto llega a la vida.
Necesito escribir a mano, sobre el íngrimo y virginal papel.
Uso cuadernos, que en muchas ocasiones forro con papeles estampados. Uno para cada trabajo; y muchas plumas con tinta de colores. Jamás utilizo bolígrafos o lápices. Están execrados de mi escritura.
Luego reviso. Reescribo y vuelvo a reescribir. Por último llevo el texto final a la computadora.
Los lugares en los cuales trabajo son aireados y con mucha luz. Hay música clásica o jazz de fondo. Uso una mesa grande de madera, que a la vez es mesa de comedor y mesa de trabajo; y ahora, por bondad de una querida amiga, tengo un pequeño escritorio en mi habitación, donde también estoy cerca de la luz, del aire, de los pájaros que llegan a mi ventana para verme escribir y de las plantas.

Rafael Rattia: ¿En su opinión el poema es el resultado del súbito rapto de la intuición del instante o por el contrario; es la creatura de una laboriosa y ardua faena que implica una titánica lucha con el idioma?

Julieta León: Ambas cosas. Por ejemplo, nunca hice planes sobre la escritura de la “Arena del desierto”. Una amiga vino a casa; y pasamos toda la tarde conversando sobre Salomé. Ella deseaba escribir algo sobre ese personaje.
Mi amiga se fue, después de varias horas de amena conversación. Esa noche la llamé a su casa. Le dije que ella se había ido, pero que me había dejado a Salomé instalada en la sala; y por supuesto, en mi imaginación.
En ese instante decidí leer todo lo que pude conseguir sobre el personaje; y el texto comenzó a salir de mis dedos con toda la fuerza que tiene, como una marea indetenible.
No pude parar, ni leer ni hacer otra cosa hasta que lo hube terminado.
Después del arrebato pasional de la escritura, viene la pulitura de los versos. Es una tarea larga, que requiere amor, concentración, delicadeza y paciencia.
Otro tanto me ocurrió con los vampiros.

Rafael Rattia: ¿En qué medida la Academia ha influido en la fundamentación estética de su cosmovisión literaria, se siente más cercana a la Universidad, por ejemplo, que a los “grupos literarios” o tampoco siente una particular filiación con las estructuras corporativas de la creación poética venezolana?

Julieta León: Me siento cercana a mis libros. Soy una persona tímida, retirada, que requiere de mucha privacidad, silencio y espacio. La formación universitaria es y ha sido importante para mí. Pero mi cercanía con la universidad es espiritual. Estoy unida a los valores de la libertad, la profundidad y la amplitud de pensamiento que representa la palabra y la realidad universidad. Justamente la universalidad del ser y del pensar. Pero me parezco mucho a mis vampiros. Mi instinto gregario es escaso y no me siento afiliada a nada que no tenga que ver con mis convicciones o con mis afectos profundos.

Rafael Rattia: ¿De todos sus libros escritos –incluyendo los inéditos- cuál es el que más satisfacción le ha traído? ¿Por qué?

Julieta León: Dos de ellos, especialmente - los he mencionado ya -, me han producido gran placer y satisfacción. Me divertí, sufrí, gocé y me reí mucho escribiendo la “Arena del desierto” y “Eterna sed”.
“Mall”, el que ganó el premio de la última edición de la Bienal Internacional de Poesía “José Antonio Ramos Sucre”, fue escrito desde el asombro: el que me produjo descubrir una sucursal del Averno en Caracas.

Rafael Rattia: ¿Cómo percibe el actual panorama literario venezolano: hay razones para apostar por un futuro vigoroso, consistente y sólido para el arte de elaboración verbal en nuestro país?

Julieta León: Soy una solitaria. Pero soy una solitaria optimista; y sí: apuesto por un futuro vigoroso para la literatura venezolana. A las pruebas me remito y para muestra basta un botón, como dicen. Allí están los recién premiados Eugenio Montejo, Rubi Guerra, Milton Quero Arévalo, cuyos trabajos honran nuestro gentilicio; y muchos jóvenes - y otros no tanto - como César Uzcátegui, Yubi Cisneros, Tomás Rosario, Beatriz Opitz, Florencio Quintero, María Monasterios y Gabriel Padilla que en este momento están trabajando intensamente y darán que hablar en el ámbito literario nacional.
La literatura venezolana y sus representantes están emergiendo como un iceberg alrededor de una realidad que se desconstruye. Creo que será muy interesante estudiar lo que nuestros escritores nos ofrecerán en los próximos años.

Rafael Rattia: Sus lectores, que valga decirlo cada vez son legión, advertimos que Usted escribe muchísimo pero publica muy poco. ¿A qué atribuirle esa circunstancia?

Julieta León: El mundo editorial nunca ha sido sencillo para un escritor. En primer lugar están los costos de producir un libro, inaccesibles para gente que, como yo, vive sencillamente de su trabajo. Por supuesto, cuando una persona sin un fuerte respaldo económico - sin contribuciones, sin préstamos -, logra publicar un libro, se trata de una hazaña. Claro, la edición entonces es limitada.
No creo, sin embargo, que las publicaciones puedan medirse por la cantidad. No se hacen obras de arte, cuadros, esculturas, novelas o poemas como chorizos.
Si usted tiene el dinero, podrá hacer publicaciones de cuarenta, cincuenta mil volúmenes, por ejemplo; pero también hay que preguntarse por la calidad de lo que se publica.
A pesar de todo esto, la palabra imposible no está en mi vocabulario. De modo que próximamente aparecerá Eterna sed, un libro que recoge la vida de los vampiros en el mundo actual.


Rafael Rattia: ¿Cómo interpreta la tensión dialéctica que suele evidenciarse en estos tiempos de este presente histórico entre poesía y subalternidad? ¿Debe acaso el poeta ser un sujeto epistémico comprometido con algún giro copernicano del paradigma civilizatorio que vivimos?

Julieta León: Subalternos hay en las transnacionales, en las grandes corporaciones, en el ejército, entre los súbditos o los acólitos. La poesía nunca es subalterna; y el poeta nunca debería ser un subalterno. ¡Cómo podrían serlo si “en el principio era el verbo”; y esta afirmación le otorga a la poesía su carácter único de fundadora, de demiurga de la realidad.
Aunque estudié Filosofía, creo que la verdad poética es superior a la verdad filosófica. Es posible, como me responden algunos, que se trate de dos órdenes de verdades.
Estoy convencida, sin embargo, de que el poeta es el único que puede devolvernos la esencia de las cosas, la imagen verdadera del mundo y de los seres.
Claro, habrá quienes respondan que no existe tal cosa llamada ‘esencia’. Lo cierto es que el poeta parte de su propia verdad, una verdad que no puede traicionar sin traicionarse a sí mismo. Por último, como ya dijo Borges:

“Si como dijo el griego en el Cratilo
La palabra es la esencia de las cosas
En la palabra rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo”

Me disculpan, porque cito de memoria y tengo ya 56 años.

Rafael Rattia: ¿Qué libros lee actualmente?

Julieta León: Releo con pasión a Teresa Coraspe y a Rubi Guerra. Dos magníficos y sólidos representantes de la poesía y de la narrativa venezolana. Leo también a Lubio Cardozo, quien ha tenido la gentileza de enviarme sus libros. Además me ha tomado por asalto la novela de Milton Quero Arévalo: “Corrector de estilo”: una obra trazada como una Tocata y Fuga de Bach. Tres espejos que se pueden traspasar como el de “Alicia en el país de las maravillas”: uno nos entrega la imagen encantadoramente superficial y un tanto cursi – aunque jamás ridícula -, de Misleidy, una aspirante a escritora; otro, el de su corrector de estilo. El tercero configura la presencia del narrador que nos cuenta las peripecias de ambos. Tres escrituras que se enlazan, de modo que al leer tenemos la sensación de tener tres piernas y andar sobre tres patines.

La entrevista: género literario mayor

Conversación con la poeta María Cristina Solaeche

1.-Rafael Rattia: Hablemos de tus comienzos como escritora, del mito del origen, descríbenos el contexto histórico de los destellos de esa primera pulsión que te empujó a la creación poética.

María Cristina Solaeche:

Desde que me acunaron mis padres revolotearon en derredor mío alborotando mi ser infantil, juguetes, música, libros y más libros, papeles y más papeles, cada uno una caja de sorpresas y entre ellas, los poemas infantiles que hacían rondas, corros mágicos y misteriosos empezaron a marcar mi agrado por la poesía.
Pasó el tiempo, y empecé a escribir poemas para mi misma, en diarios personales, como catarsis, susurrando la vehemencia de lo anhelado, creyendo esconder los secretos del alma… después paso el tiempo, siempre el tiempo, y este repentinamente golpeó a la puerta de mi corazón con un nuevo sentir desconocido, la muerte tan prematura de mi amado padre, este hecho, descubre mi anterior ceguera ante las mortajas propias y ajenas, y me hace escribir con connotaciones que desconocía, rencor hacia la naturaleza, pérdida de todo atisbo de un Dios, padecimientos, miserias, conmiseración, rebeldía … solamente para mi.
Hoy, ya madura, con el espíritu colmado de vivencias, escribo por tres razones esenciales entre muchas otras:
Porque el arte de la poesía es río que arrastra, laguna en calma,
impetuoso océano que me arrastra en sus remolinos, es ya parte
esencial de mi alma.
Por aborrecer que el olvido arrastre las memorias de la vida en el remolino de los recuerdos perdidos.
Por un anhelo interior, quizás ególatra, aún así no me importa en absoluto, que me lleva a plasmar en el papel y de manera pública el poema, para que de alguna forma los vivan, lo disfruten, lo sufran,… los que de la poesía gustan.

2.- Rafael Rattia:¿Haces vida literaria de grupo, perteneces a algún movimiento cultural o artístico?

María Cristina Solaeche:

Respondamos primeramente la pregunta relacionada con mi vida literaria en grupo. Es en esta ciudad de Maracaibo “híbrido de pueblo y ciudad” con
pocas escasas ventajas de ambos, la vida literaria en grupo resulta corpuscular, (en mi opinión) esta disgregación agobia el participar literario con exigencias generalmente, en nada pertinentes a la literatura salvo muy escasas excepciones que hace zozobrar la vida literaria. Claro está que hablo del entorno marabino.
Con respecto a la segunda pregunta, si, pertenezco desde hace más de un año a La Casa de la Poesía del Estado Zulia y Su Peña Literaria “César David Rincón”, refugio de lecturas, lugares donde se esboza una identidad literaria de muy buen agrado.

3.-Rafael Rattia: ¿Cuáles son los ejes temáticos que atraviesan tu obra en gestación; son el resultado de una libre elección o vienen determinados por la presión cultural de tus lecturas?


María Cristina Solaeche:

A través de los recursos poéticos del “verso libre” intento abrir el apretado puñado de los sentires humanos, descifrar el caligrama de la vida, sus retorcidas líneas como una quiromántica gigantesca, sendero que conduce al descubrimiento de uno mismo frente a si mismo y un acercamiento al de los demás, envolviéndome en el halo de vehemencia que la sinceridad temperamental prodiga. Recorriendo la maravillosa geografía del alma en su conmovedor territorio, hallando y perdiendo lo que a tientas busco con tanto afán.
Los ejes temáticos de mis poética gestada y en gestación son el resultado de una alada y libre elección, claro que, forzosamente asoman atrevidos y sugerentes aquí o allá curiosidades que la “presión” cultural de mis escogidas lecturas con sus fuertes tonalidades arremeten contra el arrecife de mi alma. No aceptan mis poemas la pérdida del ahora, no soportan el engaño del olvido y, debo reconocer escasamente elucubran futuros desconocidos.

4.- Rafael Rattia: Quienes te conocen saben de tu rigurosa formación académica y científica (matemática) cómo se reconcilia la concepción racionalista, el orden cientista del mundo con los registros de la intelección poética. Cuáles son las zonas de confluencia entre poesía y conocimiento científico?

María Cristina Solaeche:

Toda experiencia o vivencia humana, ya sea individual o colectiva repercute profundamente en la Matemática y estas a su vez benefician de diversas maneras cada uno de los sectores de la actividad intelectual a las que la poesía no escapa. Este intercambio a veces rectilíneo otras sinuoso, a
veces tenue, otras drástico, relacionan esta ciencia con el espíritu humano, esencia de la poesía. La ciencia de la Matemática no es una creación ex nihilo del pensamiento humano, por el contrario traduce la estructura y forma de una realidad material exterior al hombre asidero de la realidad poética del espíritu humano, al reflejar dicha ciencia el mundo exterior nos conduce a la entrada sincera del sendero interior, el sendero poético.
Me agrada más hablar de “espíritu informado por la ciencia de la Matemática” que “ espíritu científico matemático”. Es un error del cartesianismo creer que “la verdad” se alcanza infaliblemente por la virtud rígida de la deducción científica, igualmente es un error y una caricatura de la fineza pascalina pregonar frente a la “verdad” su escepticismo elegante.
El sentir humano no es un objeto que se encuentre en el extremo de una cadena lógica y rígida, ni tampoco está indeterminado en todas las variantes de un discurso. El sentir humano es una región limitada por excepcionales contornos que la poesía sabe muy bien iluminar y explorar sin desmedro de ninguna ciencia. Nada demuestra que la cultura matemática sea incompatible con el humanismo de la poesía, además , en toda formación matemática hay que diferenciar entre la técnica y la cultura, y donde ante todo, esta cultura es una paradójica disciplina y aventura del alma.


5.-Rafael Rattia:¿Tienes un libro en imprenta? ¿de qué trata ese libro, tiene algo que ver con tu experiencia personal o es una recreación sensible de tu visión estética sobre el hecho poético?


María Cristina Solaeche:
En el momento actual, tengo un poemario en la imprenta se trata de “Poemas Asperos y Oscuros” que espero salga a la aventura del mundo a finales de este año 2005. Su gestación fue muy dolorosa, trata el tema de las pérdidas, las del alma, del espíritu, del corazón, pérdidas todas ellas y
Asomando entre la soledad, la tristeza y el tiempo dueño de estos naufragios, los atisbos de una esperanza “la voz de la vida” que aún repiquetea airosamente en mi corazón, sin poder separar en los poemas mi visión personal del sufrimiento ocasionado de mi visión estética del hecho poético de tales vivencias. Contiene una serie en particular “Contigo Vida”
que me resultó sumamente emocionante escribir.


6.- Rafael Rattia:¿Te sientes heredera de la tradición literaria venezolana? ¿Percibes alguna influencia de los escritores del siglo XX nuestro en tu formación como poeta?

María Cristina Soloaeche:

No me agrada ni me agradaría (aunque forzosamente de alguna manera lo hago) atarme a formas o estilos tradicionales de determinados escritores lugares o tiempos, restarían libertad a mi escritura, aunque alguien me asemeje o identifique con algún poeta venezolano o de cualquier otro país sin desmedro de ninguno, pues entre ellos admiro a muchos y el no nombrar en particular alguno es para no causar el efecto dañino del olvido de otros.
Tal vez tenga influencia de los escritores del siglo XX , en ese siglo se ha desarrollado la gran parte de mi vida desde mi nacimiento en Maracaibo y pensemos que apenas iniciamos el siglo XXI. Mas es solamente el resultado de las asiduas lecturas de poetas diversos que de una forma u otra, voluntariamente o no, influyeron en mi formación poética, unos en mayor grado que otros en busca de afinidad.

7.- Rafael Rattia:¿Qué lees con interés hoy?

María Cristina Solaeche:

Hoy día mis lecturas esenciales son poemas de autores previamente seleccionados y alguna que otra sorpresa que dejo al azar; novelas de
temática el sentir humano, su naturaleza, sus vivencias “¡Qué bello oficio el de ser un hombre sobre la tierra!” (Máximo Gorki) y curiosamente libros científicos sobre el universo, las galaxias, agujeros negros , estrellas enanas, asteroides , etc…


8.-Rafael Rattia: En tu opinión, el escritor debe ser una voz comprometida históricamente con su tiempo, en el sentido de que debe opinar acerca de los grandes temas candentes de su época y asumirse como voz de la tribu o por el contrario; no debe participar del vértigo ni del bullicio del ágora?




María Cristina Solaeche:

Comprometerse con uno mismo ya es comprometerse con su tiempo pues a él pertenece quien escribe y la subjetividad es inevitable. Opinar sobre los grandes temas “candentes” de la época que le toca vivir en sus poemas, es dependiente de la temática de la poesía de un determinado poemario en particular y estos a su vez de la intencionalidad del poeta o de la poetisa ¿Asumirse “voz de la tribu”? me resulta fatalmente coartante de la libertad del lector, lo resumiré en un pensamiento ajeno y deleitante para mi persona: “La poesía no quiere adeptos, quiere amantes” (Federico García Lorca).

9.- Rafael Rattia:¿Qué opinas de los premios literarios?

María Cristina Solaeche:
Demasiados factores confluyen en el momento de adjudicar un premio literario: preparación literaria del jurado, principios de honestidad, partidismos políticos, amiguismos, compadrazgos, cierto escozor por determinados temas o estilos, etc, etc… creo que demasiados, tantos como para sobrecargar agobiadamente la naturaleza humana tan frágil en estas situaciones. Aún así he tenido la oportunidad de leer obras premiadas de excelente calidad literaria, algo que de vez en vez me enorgullece mucho.

10.- Rafael Rattia:¿Te interesan otros géneros literarios, por ejemplo la novela, el cuento o el aforismo?.

María Cristina Solaeche:
La novela que contempla la problemática de los sentires del ser, en particular el surrealismo mágico.
Los aforismos, como curiosidad intelectual que me permite vislumbrar, como el tiempo cambia tan drásticamente las ideas del hombre y sus circunstancias, y lo que ayer era reprochable , hoy es aceptable o al contrario y también, como formas de la historicidad del pensamiento humano tan cambiante. Leer aforismos, esas “sentencias” breves que se proponen como “normas” se ha transformado en una curiosidad muy entretenida para mi persona.

11.- Rafael Rattia:¿Cómo aprecias el panorama literario venezolano actual?


María Cristina Solaeche:

Como la mayoría de las actividades creativas y culturales y por yo vivir en Maracaibo (Estado provincia) el centralismo lo agobia, las editoriales dan cabida a cualquier bodrio de “autoayuda” mucho antes que a una obra poética o de otro género literario. Pero si de poesía hablamos, la situación es caótica. Salvo honrosas excepciones, podría afirmarse temerariamente que el venezolano no lee o digámoslo suavemente “lee escasamente”, y la lectura de la poesía, como decimos en Matemáticas “tiende a cero”. Creo es un respuesta drástica , pero así lo amerita la sinceridad de esta conversación. Sin embargo, los poetas seguimos en el empeño de lograr, que la sensibilidad poética despierte como en un cuento de hadas del sueño profundo en que sus “no lectores” la sumen.

Aplicaciones estéticas sobre el poemario

Carlos César Rodríguez y su Obra Poética


Rafael Rattia


Leer un libro de genuina poesía en estos días es lo más parecido a un prodigio; especialmente en estos días de nulidades seudoestéticas, engreimientos fútiles y vanas poses falsamente poéticas que tanto merodea por doquier en busca de subsidios, canonjías y patrocinios públicos o privados.
Esto lo digo por el entusiasta escándalo e inocultable regocijo espiritual que me embarga producto de la gratísima lectura de una antología de POESÍA escrita por el poeta anzoatiguense Carlos César Rodríguez, (Guanta, Estado Anzoátegui, 1922) titulada: Anubizajes. Ediciones Mucuglifo, Mérida 2004. 128 págs.
Seis cuadernillos de magistrales textos poéticos integran este hermosísimo libro del escritor barcelonés donde reúne su sólida y consistente Obra Poética. Desde textos escritos a mediados de la década de los años cuarenta de la pasada centuria, tales como Los espejos de mi sangre (1944) pasando por poemas imprescindibles pertenecientes a la más acendrada tradición literaria venezolana como Follaje redimido (1959) hasta los perturbadores poemas que integran su Hora íntima (1987).
Poesía escrita con una materia verbal de conmovedoras resonancias simbólicas; poesía elusiva y profundamente evanescente que sugiere atisbos de significaciones ocultas imposibles de comprender si no se posee un mínimo caudal de información cultural. El río, el aire, los árboles, la mirada y la voz inexplícita que dice sin decir una terca emoción sensitiva que embarga al bardo a lo largo de toda su creación poética, son elementos esenciales que conforman inmensa riqueza lingüística que exhibe esta singular poesía de Carlos César Rodríguez. El poema titulado Los espejos de mi sangre patentiza una poesía cuya filiación metafísica de innegables reminiscencias existenciales no admite discusión. La muerte y la locura son ejes transversales de esta poesía inclinada desde sí misma a la posteridad. Para decirlo con palabras del poeta José Barroeta; una terrible belleza y una irrevocable vocación trascendentalista enciende los versos y aviva la flama de esta iluminación que nos proponen los textos poéticos contenidos en Anubizajes.

´´¿Dónde estarán los locos remolinos
de los espejos cóncavos?

Dónde los ríos quietos sin saltos ni cascadas?

Dónde las curvas limpias
De planetas que giran en sí mismo
Y los árboles nacen en su fondo
Como plantas acuáticas?´´

Qué extraño telurismo nómada nos brinda esta sensibilidad artística que dibuja formas fluviales parecidas a los grandes borales que viajan por intrincado laberintos de aguas y curvilíneos meandros acuatiformes. Imposible no sucumbir a los encantos que la palabra poética ejerce sobre nosotros al entregarnos imágenes tan nítidamente delineadas y tan diáfanas en su enunciación formal. Desde las profundidades abisales de su angustiado y complejo yo lírico habla una voz serena y decantada que habla el lenguaje de los elementos cósmicos fundantes de la vida y el agua es factor tutelar e icono totémico del texto lírico.
Un sutil sello antropomórfico adviértese en ciertos poemas que integran el segmento titulado Voz y Símbolo. El río que desciende de lo alto de la montaña es un niño solitario y desamparado que representa la vida y a quien el poeta muestra el camino del mar que es el morir. Difícilmente puede soslayarse la relación de familiaridad que subyace en este poema con la poesía de Antonio Machado. No obstante, descubrir esta impronta machadiana en la poesía de nuestro bardo venezolano es algo que enaltece y eleva a nuestro creador hasta cimas de admiración. Al fin y al cabo el poeta pertenece por derecho propio a la amplia y dilatada tradición poética de nuestro continente mestizo. Desde comienzos de la segunda mitad del siglo XX venezolano ya nuestro poeta destacaba como una de las voces líricas de mayor estatura literaria de nuestro país.
En este compendio de poemas que ahora el lector tiene el privilegio de atesorar entre sus manos hay un poema titulado La historia de mi amigo donde el lenguaje es alquímica transmutación de una historia que va de la anécdota a lo insondable. El yo lírico se desdobla en esa otredad desenajenada que se ve a sí misma desde una especie de panóptico de la existencia desde donde puede otearse la melancolía y la tristeza más aterradora que pueda imaginarse un lector. Sólo una psique alterada, una hybris de los sentidos es capaz de concebir estados del alma como los que narra el poeta en este texto de inusual factura lírica.
Quien lee estos Anubizajes no puede dejar pasar desapercibido la constante del río en la poesía del escritor. Para el poeta el río es la imagen de la muerte pero también es la viva representación de la existencia nómada que, moroso, lento y pesaroso, recorre vastas distancias en un rumor que canta nuestras alegrías y tristezas como las canciones que han de acompañarnos hasta el final de nuestros días. El río es también la imagen de un dulcísimo e inaprensible erotismo proferido con excelencias léxicas que en los más de los casos pasa inadvertido para el lector común. El tema de la pulsión deseante de la vehemencia carnal está elaborado con un lenguaje escrito en filigrana.
El poeta es autor, e instancia mediúmnica, que dicta en el poema una explicitación onírica mostrando al lector el asombro y la maravilla de que es capaz la imaginación poética. No exagero cuando afirmo que el bardo es un geómetra funambulesco que cruza la invisible cuerda de las palabras con intachable precisión significativa.
¿Dónde está el Periodismo Literario?

Rafael Rattia

En nuestro país afortunadamente existe una larga tradición de “periodismo literario” que ha contado con excelentes tribunas de legitimación de la práctica cultural y artística.
Aunque históricamente la entrevista literaria se ha considerado una herramienta clave para la reconstrucción memoriosa de una parte sustantiva del imaginario socio-cultural de las sociedades, no es inviable considerarla como recurso imprescindible para el oficio del periodista que cubre la fuente cultural.
Los grandes periódicos en Venezuela no terminan de “deslindar” las fronteras que distinguen –y muchas veces separan- el mundo del espectáculo y del show bussines holliwoodense, de lo que en estricto rigor es la noticia literaria. El advenimiento al mercado editorial de un libro es, obviamente, una noticia de estricta índole literaria. La obtención de un premio o la concesión de un galardón de una Bienal Literaria es, igualmente, una noticia de naturaleza literaria. La celebración de un Simposio o un Congreso nacional, regional o internacional de escritores, es –a no dudarlo- una noticia literaria. Un evento en el cual los escritores u hombres de letras y humanidades sea los protagonistas de primera línea, por supuesto que sí, es una noticia que atañe a la fuente del periodismo literario. La presentación de un libro, (los libros no se bautizan; se presentan –no lo olvidemos-) ¿acaso no es una noticia literaria?. Un perfonmance, un happening, una lectura pública de textos poéticos también es una noticia literaria y como tal hay que darle el tratamiento periodístico que requiere dicho “acto cultural”.
No debemos llamarnos a engaño: la fuente cultural en Venezuela, no es arriesgado pensar que en el resto del Continente sea distinto, no es tratada con la misma valoración jerárquica que sí se le asigna por ejemplo a la fuente económica o política y ello se explica por una multiplicidad de factores y explicaciones que resultaría si no vano, sí riesgoso explicitar en este breve ensayo pues los intereses crematísticos y mercantiles que están en juego en el complejo entramado de las noticias privilegiadas por la ¡urgencia!, y el ¡imperativo insoslayable!, colocan los asuntos del espíritu de las letras poco menos que en el último lugar de las noticias digeribles por los lectores del día a día.
Como lectores profesionales que somos –esa aspiración nos anima- constatamos como periódicos de grandísimo prestigio y credibilidad planetaria como El País (España) Le Figaro y Le Monde (Francia) The New Cork Time (Nueva York) o, más cercanos a nosotros, de este lado del Atlántico, tribunas de larga data y de impecable factura editorial como Clarín (Argentina) El Tiempo (Colombia) El Mercurio (Chile) o aquí mismo en Venezuela; El Nacional exhiben Suplementos Literarios de excelente calidad donde tienen cabida las más diversas manifestaciones expresivas del espíritu.
Un dato que no por curioso deja de ser harto revelador de la trascendental significación de la prensa en la formación de eso que los alemanes llaman el volkgeist fue el papel de principalísima importancia que jugó el periódico durante las cruentas e incruentas luchas por la emancipación del dominio colonial español en Hispanoamérica.
No hay que tener ningún escrúpulo en decirlo vox populi : cuando un periódico no trae noticias literarias, ni artísticas, ni filosóficas, ni ideológicas; en fin, cuando en un periódico no está reflejado lo más granado del intelecto y de la sensibilidad estética, de la imaginación y del pensamiento, es mil veces preferible dejar de comprar el periódico y refugiarse en la lectura de los clásicos y volver a escribir en latín como quería uno de nuestros filósofos favoritos; Friedrick Nietzsche.

Gilberto Prieto, la poesía malograda.

SEGUNDA MORTAJA: POEMAS DE GILBERTO PRIETO

RAFAEL RATTIA


Si algo inquieta la conciencia del ser humano mientras transita sus pasos cansados por la tierra es la certeza de su condición frágil y finita. Nada más precario que esa condición de ser para la muerte como lo vió el célebre pensador Martín Heiggdeger. Estamos en el mundo para morir, aunque siempre existirán los ilusos de siempre que piensen lo contrario. Pero lo que más aterra a algunos seres que reclaman con ardorosa fachenda para sí el rango de humanos no es tanto la inminencia inexorable de morir. Hay quienes temen más al olvido y al marmóreo anonimato que a la muerte misma. La gran preocupación de algunos escritores estriba exactamente en eso: mil veces prefieren morir antes que ser olvidados. Nunca se comprenderá suficientemente la obsesiva manía de algunos autoproclamados poetas en fabricar libros como si de elaborar salchichas se tratara. Los lectores venezolanos vemos no sin estupor cómo algunos “poetas” lanzan al viento libros de pésima catadura lírica y de sospechosa calidad literaria sin sentir el más mínimo rubor ni vergüenza por tamaño irrespeto hacia los lectores. Creen, a pie juntillas, que cualquier cuartilla emborronada, y sin la necesaria revisión ortográfico-gramatical en la mesa del primer cuchitril o bar de mala muerte que los alberga, merecen la bendita luz de una edición.
Ahora que tengo en mis manos el poemario “SEGUNDA MORTAJA” del malogrado escritor Gilberto Prieto me convenzo más de mi intuición sensible: como Gracián siempre sostuvo; “lo bueno, si breve; dos veces bueno”.
Su cosmovisión poética estuvo más ligada al corazón de la especie que al vil metal que todo lo corroe y trueca en su contrario –como diría Shakespeare-.
En vida tuvo el talento que pocos ostentan y muchos envidian pero prefirió optar por el caudaloso e inagotable tesoro de la amistad a sucumbir a los encantos narcotizantes del lujo material y la pompa ostentosa del oropel ditirámbico. Eso infiero de la lectura de los poemas que el lector tiene en sus manos. Toda poesía es una forma testamentaria que recoge las vivencias y los itinerarios existenciales de quien la forja.
Gilberto Prieto conoció a fondo los últimos escalones del abismo infernal de la vacuidad de la existencia humana; se revolcó en el tedio y es Splín del que nos habla Baudelaire a propósito de su París de Ajenjo y malditismo poético. Pero no condescendió a conciliar con los verdugos de la comarca. Sabía del inmensurable valor que tiene “el valor de elegir” –savaterianamente hablando-. Puesto a elegir por los códigos binarios de compulsión vital que impone la sociedad, optó por la poesía y estos textos son prueba fehaciente e irrefutable de ello.
No tuvo la surte el poeta de ingresar por su propia mano al selecto club de los suicidas –aunque valor no le faltó- pues su vida fue arrebatada de modo absurdo en mala hora para una ciudad que veía venir “la caída del tiempo” y la evicción de la cordura y la tolerancia por la alteridad.
Su poesía tenía huellas inocultables de su rigurosa formación científica como Ingeniero. Tal parece vislumbrarse en los versos que transcribo a continuación para deleite sensorial del lector:
“La Gravedad
sigue existiendo
por más que derogue
y exorcice
manzanas caídas”.
(Física pura).

En este libro hecho de retazos y jirones de vida respira una angustia irredimible por asir con inusitada fuerza expresiva recuerdos de la más remota infancia, de pedazos de vida de los muertos queridos por el poeta y que están recuperados por su lira evocatoria para la posteridad. El vacío y la vagancia, el espíritu horadado por la venganza y el odio que enseñorea sus pestilentes colmillos antropófagos por la ciudad de hormigón.
La capacidad metaforizadota del verbo poético de Gilberto Prieto no admite dudas: su lenguaje literario logra momentos únicos en su enunciación estética.
Aquí no sólo hay una remembranza bucólica de tiempos irremediablemente idos; también el poeta recusa el estatuto de legalidad de una racionalidad autoritaria que se corporeiza-personifica en figuras asquerosas como
“los cadáveres de vacas
presidentes
jueces
ministros
y otros animales con pezuña
En esos tiempos
Los poetas llevaban
La cruz de ceniza
Y ningún lugar
Ni despensa”.

No espere el lector en este libro fórmulas de salvación ni señales redentoras; en el rescoldo de la memoria sólo va quedando una terrible belleza que hace las veces de saldo a favor no se sabe de quien. Si algún verso de estos de esta “Segunda Mortaja” logra tocar alguna fibra sensitiva del lector creo que su autor sería merecedor de las milenarias palabras: “Requiescat in pace”.

Baudelaire, el poeta del mal

“LAS FLORES DEL MAL”



Rafael Rattia

Nunca sabré con certeza cuántas veces he leído este “catecismo” indispensable de poesía maldita escrito por el poeta del Ajenjo y del opio, Charles Baudelaire, en París, a mediados del siglo diez y nueve (1857 a juzgar por la confesión del propio poeta). He extraviado muchas preciosas ediciones a lo largo de mi vida de lector transhumante y, finalmente, la edición que conservo es una humildísima edición de “La Oveja Negra” que data de 1984 cuya magistral traducción al castellano estuvo a cargo de Antonio Martínez Carrión.
Como es harto conocido por el lector este compendio de “flores enfermizas” lo dedicó Baudelaire a su Maestro y Amigo Theófile Gautier. El Prólogo a “Les fleurs du mal” está escrito por el propio Baudelaire y lleva el elocuente y desafiante título: “Al lector”, en el cual se hace una honda requisitoria a las bajezas morales que minan las bases espirituales de la condición humana a través de su fachendoso tránsito por las diversas edades de la historia.
Este libro puede leerse perfectamente como un “tratado moral” en el más exacto sentido que los moralistas dieciochescos franceses le asignaban a la expresión. El poeta alza su estro lírico contra la mesquindidad, la culpa, la estulticia, el error y demás taras éticas de un mundo, paradójicamente, en plena expansión capitalista. Véase, grosso modo, el ambiente literario y artístico de la Francia de finales del siglo XVIII y todo el siglo XIX. Es aquí, en los pródromos a “Las flores del mal” donde consigna Baudelaire su universalmente conocida frase traducida a todas las lenguas del orbe: “Lector, tú bien conoces al delicado monstruo, -¡Hipócrita lector -mi prójimo-, mi hermano!”.
La estructura arquitectónica del libro, su composición formal está organizada así: una primera parte titulada por el bardo maldito “Espleen e Ideal” que consta de unos cien poemas de regular extensión y en los cuales el poeta habla, como nunca nadie lo había hecho hasta el momento, sobre la belleza, el orgullo, el remordimiento, lo irreparable, la música, la tristeza, la obsesión, el dolor, el hastío y el tedio como materia poética de creación verbal. Es en este apartado que se encuentra el tantas veces citado poema “El heautontimoroumenos” donde el poeta es “la herida y el puñal”. A E.M. Cioran le fascinaba citar este insustituible verso del poema baudelaireano: en muchos libros del filósofo de los Montes Cárpatos siempre recuerdo haber leído una mención al heautontimoroumenos.
Una segunda parte denominada “Cuadros Parisienses” y le siguen textos memorables que su sola mención ya lo dicen todo, o casi todo. “El vino”, “Las flores del mal”, “Rebelión”, “La muerte”, “Bribes”, “Tres poemas de “Los despojos”. En la sección sobre La Muerte, los editores incluyen notas escritas por el poeta que él mismo quiso denominar “Epígrafes”, “Prefacios” y “Epílogo” a ediciones que nunca vieron luz en el tiempo pautado por los editores gracias a circunstancias y adversidades que las mismas “Fleurs du Mal” se granjeó con su primera aparición ante el público lector.
En líneas generales, el espíritu poético de Baudelaire era un espíritu presa de un alma insumisa, irreverente ante los constituidos de la época. Una sensibilidad iconoclasta no podía sino anidar en una mente profundamente anticlerical. Qué podía pensar un ciudadano francés al leer algo como esto:
“Oh tú, el Ángel más bello y asimismo el más sabio
Dios privado de suerte y ayuno de alabanzas,
¡Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!” (1)

Sólo un poeta enemistado con la lógica que sustenta los tejidos discursivos del mundo moral y religioso de su época agitada e inquieta podía blasfemar hasta el hartazgo al punto de solidarizarse con Arimán; ese que guía los hilos que nos mueven, en palabras del poeta: o Luzbel, el que lleva la luz de las ansiadas tinieblas. Obviamente, el poema en Baudelaire es un eco de su hastío esencial ante todo lo que respira. Si tuviéramos que apurar algún adjetivo no dudaríamos en calificar la poética de este atribulado genio de las letras francesas como una poesía de la vacuidad y el horror. ¿Los iguales de Baudelaire? A no dudarlo: Rubens, “río de olvido”. Leonardo da Vinci, “profundísimo espejo”, Rembrandt, “triste hospital poblado de murmullos”, Miguel Ángel, “espacio donde se ve a los Hércules”, Watteau, “carnaval de mariposas que vagan resplandecientes”, Goya, “atroz pesadilla de cosas irreales”, Delacroix, “rojo lago lleno de ángeles pérfidos”; en fin, la blafemia y la imprecación van tomadas de la mano en el poema de Baudelaire. El grito y el éxtasis paroxístico de mil maldiciones … “son un eco devuelto por laberintos mil”. El taedium vitae de los antiguos latinos transmutase en fuerza incontenible de creación de inaudita belleza lírica en un poeta que rompe todos los esquemas mentales de idealización subjetiva de cuanto referente artístico era conocido en su vertiginosa época. Baudelaire funda un sprit du temps con éstas flores intemporales. El poeta santificó al Poeta porque sólo el poeta comprende al poeta. En el poema titulado BENDICIÓN dice:

“Yo sé que reserváis un sitio a los Poetas
En las gozosas filas de las legiones santas
Y que les invitáis a las eternas fiestas
De Tronos, de Virtudes y de Dominaciones”(2)

Abraham Salloum Bitar, la eterna gratitud

Rafael Rattia


I

Nunca se sabrá con certeza qué es más doloroso; si “el inconveniente de haber nacido” o sobrevivirle a los amigos pese a nosotros mismos. No alcancé a estrecharle la mano y conocerle personalmente, como suele decirse entre nosotros cuando conocemos en persona y de viva voz a nuestro semejante. No obstante, y a pesar de la distancia geográfica que nos separaba, desde que entablé amistad con el poeta nunca dejé de sostener conversaciones telefónicas y por correo electrónico con él.
He de confesarlo sin ningún tipo de mezquindad: el escritor era dueño de una sensibilidad –más humana que literaria, aunque ésta última era su rasgo distintivo a juzgar por los testimonios de quienes sí le conocieron de cerca- asombrosamente extraordinaria; dicho pronto y sin preámbulos, fuera de lo común. Abraham Salloum, como lo tenía anotado en la libreta de direcciones de mi celular, era una voz capaz de conectarse con lo más sensitivo de la naturaleza humana; era un pozo de candor y ternura. Tenía eso que Solojov denominó en su interminable novela-río “el Don apacible”. Su voz era la auténtica voz de un poeta que ha vislumbrado la quintaesencia de la vida. Creyó, y yo también junto con él y tantos otros que son legión, en la epifanía redentora de la palabra poética. Su oficio de cultivador de enigmas de lenguaje, su entrega absoluta a la palabra transubstanciada en imágenes poéticas me devuelven su imagen vista tantas veces en portadas de libros y en esa casa del lenguaje donde solía colaborar con asiduidad envidiable, la revista electrónica http://www.arteliteral.com/ . Cada vez que le llamaba por teléfono, al término de nuestro diálogo, me indicaba: -“Poeta, con la fuerza de la poesía siempre será posible salir adelante”. Contrario a muchos de sus hiperlúcidos textos ensayísticos y sus inigualables poemas, que en no pocas ocasiones transparentan un profundo dejo pesimista y una distraída huella escéptica, propia de los espíritus privilegiados por la inteligencia: su impecable trato humano con sus amigos revelaba una reverencial idolatría por eso que Platón denominó de modo insustituible, el “entusiasmo vital de la amistad”. La infausta noticia de su muerte producto de una terrible enfermedad me ha golpeado en lo más hondo y donde más duele: llevándose de manera implacable a uno de los escritores más representativos de la intelligentzia del oriente venezolano de las últimas décadas. Será una zanja abierta en nuestra memoria difícil de borrar, pues seres humanos como Abraham son harto difíciles de encontrar así como así en estos tiempos de pragmatismo y aversión hacia los valores supremos de la imaginación, la racionalidad estética, la universalidad del fenómeno cultural, las artes, la ciencia y el conocimiento en general. Cuánta razón habrá que concederle a Martín Heidegger cuando afirmaba: “La muerte se refugia en lo enigmático”. Ese inmenso vacío que deja nuestro admirado poeta con su partida hacia ignotas regiones será difícil de llenar pero quienes aún no hemos sido llamados a cruzar el Aqueronte estamos moralmente llamados a honrar su memoria manteniendo por siempre encendida la llama de su recuerdo de hombre probo, honesto, digno de haber vivido a la altura de los tiempos históricos que le tocó transitar, sin avergonzarse de ser tan solo un poeta que, a mi modesto entender, es el más alto honor a que puede aspirar un miembro de la especie humana. Un sabio proverbio árabe dice: “Los hombres se parecen cada vez más a sus tiempos que a sus padres.” Y él más que nadie lo supo y vivió conforme a ese precepto milenario de su admirable progenie.

“Abraham dibuja caligrafías arábigas en el mapa de la memoria indómita y traza una ruta inédita de manuscritos donde el infalible arte de adivinación conduce nuestros pasos hacia cielos de luz y de ingobernables sabidurías pretéritas; es decir, por venir”.





II

Ya desde “Palabras, Sueños, Innominaciones” el poeta lo intuía con asombrosa certeza: las palabras que sirven para nombrar el mundo no nos sirven para vivir la vida; las palabras, en la íntima convicción del poeta, están vaciadas de sentido. Siglos de imperdonables perfidias, milenios de asesinatos al lenguaje y los idiomas que le sirven de vehículos de expresión, testimonian un desengaño del cual la especie humana difícilmente pueda recuperarse. Quienes estamos condenados a las cadenas que nos atan al verbo lo sabemos demasiado bien; no hay forma de escapar a la maldición milenaria del espejismo de las falsas promesas de la comunicación entre la fachendosa especie sapiens-loquens-demens. El Prólogo de este libro, “Palabras, Sueños e Indominaciones” es una advertencia terrible: luego de una incomprensible babelización inconguente en el titánico esfuerzo por comprender el inútil proyecto humano hemos terminado por rendirnos a la evidencia: “estamos arribando a la edad del silencio”. Cioran diría que estamos a las puertas de la Edad de Hierro planetaria. Dueño de un cauto escepticismo, Abraham Salloum Bitar trascendió, ¡y con cuánta sabiduría poética! La gazmoña hipótesis cioraniana y dejo para la posteridad una advertencia peor: escribir es un vano intento por alcanzar un veleidoso techo que a lo sumo nos coloca ante una irrebatible corroboración: el ser que habla, el ser que escribe está corroído en sus fundamentos primeros, él mismo es una incurable patología de la naturaleza. Es irremediable. ¡Señores: el fracaso aguarda toda empresa vital que ose emprender el vanidoso hablador llamado hombre!
El poeta sabía que la derrota estaba ganada por adelantado y se preguntaba no sin un sigiloso dejo de resquemor: “Entonces. ¿Para qué escribir si ya se conoce el destino?”.
Como Parménides, como Heráclito, como los gigantes de la metáfora insurrecta e insubordinada, Abraham supo que toda escritura es el resultado de un dictamen de nuestros arrebates intuitivos. Nunca lo ocultó ante sus semejantes: escribimos por puro olfato; así, literalmente, sin ormanentos sinonímicos.
El escritor concibió el poema como la cosecha de un naufragio en el que sobreviven misteriosas palabras y frases que a fuer de zozobrar alcanzaron cierta orilla luego de salvarse de tormentosos desastres lingüísticos en la psique del creador. Pocas veces en la literatura venezolana de la pasada centuria vimos a un poeta aguijoneado por inquietudes metafísicas tan hondas y de tan dilatadas resonancias místicas. Ciertamente, un misticismo extrañamente desacralizador, iconoclasta y con una inocultable vena irreverente riela la vasta Obra poética de Abraham Salloum. Nunca leí unos versos tan expresivamente únicos como los que transcribo a continuación:
“Yo soy el último poeta
Que sueña con mujeres sin patria
Rencoroso con las bestiales palabras
De los dueños de castillos y maneras
Fue fácil entender a los inválidos
Encerrados en los vientos frágiles
Y en las cercanías metafóricas de los aludes de Dios
Yo hombre de pensamiento
Figura de la suma latina de los soles acuosos
Escribo también mareas
Y trazo fuego sobre las dormidas estatuas
De la noche amurallada en el país de los unicornios…
Yo poeta de barajas y miedo (…)
Lloro sobre los libros que no he leído
Para que se borren las palabras
Que mortifican mi ausencia…”

Testigo irremplazable de un tiempo histórico signado por el odio, el rencor y la venganza acumulada de siglos, el poeta no rehuyó jamás su insoslayable deber ético de legar testamentarias imágenes que hoy incendian nuestras mentes y espolean nuestras sensibilidades para que volteemos y encaremos este patético presente que resuma una queja intemporal.
“Terror de los cuerpos cansados aspirando a vivir
En la historia de las patrias estériles
Bailarinas de luces y segundo
Escondidas con vestidos opacos despidiendo la perdida
Nostalgia de los inmigrantes… (…)
La patria nuestra madre necesita cerrar los ojos
Rencorosos
Para no aparecer de nuevo pidiendo
Flores para nuestros muertos mortales”

El lenguaje terrible de la ausencia, la palabra solitaria lastimada por el insomnio atroz de los astros noctivagantes, el lacerante silencio de la nada acezante que no abandona al poeta ni un solo día de su existencia prolíficamente colmada de imágenes verbales en constante asedio constituyen un universo en continua expansión en la espiritualidad del escritor que finalmente se materializa en forma de libros-poemarios. Lo obsedía un angustia de la que jamás pudo zafarse; la angustia por la perfectibilidad de la forma, la esencial pulcritud en el decir, la irremplazable exactitud de la idea lo más cercana a la perfección de Dios. El lenguaje y el tiempo es una dupla enigmática que obsede la preocupación del poeta en su laboriosa tarea de decir lo que pareciera estar vedado al ser: la esencia última de las cosas que informan el ser en toda su espléndida irreductibilidad.


III


A juzgar por la lectura del amplio legado poético que nos dejó para la posteridad Abraham Salloum, la inquietante Ars Poética que propuso el bardo nacido en Ayoun El Wadi, Siria, en 1953 y sembrado en Ciudad Bolívar, Venezuela, en 2005, palpita en las mentes y corazones de quienes en algún momento de sus vidas son tocados por lo que el poeta venezolano Francisco Pérez Perdomo llamó “la mágica enfermedad” refiriéndose a la poesía.
¿Quién puede osar negar que la poética de Bitar se ciña siempre a una sabiduría axiomática en la que el río nunca estuvo del todo ausente? Muchísimos textos líricos y de naturaleza narrativa (no pocas crónicas legatarias de una profunda mnémesis local con indudable vocación universal) testimonian una obsesiva fijación estético-literaria del río como emblema impregnado de hondas raíces simbólicas y de reminiscencias místicas. En uno de sus libros más celebrados por la crítica literaria hispanoamericana titulado “Palabras, Sueños, Innominaciones” nuestro artífice archimandrita de antiquísimas alquimias verbales, forjador de insólitos universos lingüísticos que patentizan una tradición escritural se puede leer:
“los ríos corren a esconderse en aguas azules (…)
Perdiéndose en los naufragios
Con las víctimas de los misterios y las soledades”.
El yo, o mejor dicho; los inasibles corolarios de los cuales se vale el yo para perpetrar las insoportables verdades de las que es capaz la existencia humana, constituye una de las más socorridas estratagemas de la primera persona del singular en la historia universal de la poesía a la hora de enunciar el alfa y omega del sujeto lírico. Abraham Salloum es, entre la intrincada cartografía literaria venezolana, uno de los poquísimos poetas que nunca sucumbieron a las falsas mieles seductoras de la poesía yoica. Dentro del policromo espectro literario de los últimos cincuenta años de creación poética venezolana jamás hubo escritor que se emparentara más y de mejor manera al genio francés Artur Rimbaud que Salloum Bitar; la poética de Abraham resume y sintetiza el “yo soy otro” rimbaudiano de un modo fiel e inapelable. Toda la cosmovisión lírica de Salloum está indefectiblemente signa por un terco afán de reconciliación del ser consigo mismo y con el mundo. Como Shopenhauer en su magistral libro de aforismos “Parerga y Paralipómena”, Abraham siempre escribió y tradujo el mundo consciente del constitutivo dolor irremediable que lo funda. Quien lee la poesía de Abraham confirma lo que salta a la vista como evidencia incontestable en su arte poética: vivir es padecer. La poesía como forma superior de conocimiento en la weltanschauung estético-sensible de Salloum se erige como alucinada clarividencia taumatúrgica y dona, con pasmosa obsequiosidad y galanura sígnica/simbólica, otro mundo-universo de representaciones metafísicas radicalmente distante de la enajenante reificación objetivista que habla por boca del empirismo lógico racionalista y matematizante.




Tanteos críticos sobre el aforismo


Zoilo Abel Rodríguez: una poemática aforística


Rafael Rattia

Durante el último año de la terrible década de los noventa de la pasada centuria, exactamente un 25 de Noviembre, día del advenimiento al mundo del poeta, emergió también a la escabrosa superficie de la literatura venezolana un libro que a decir verdad es un libro extraño; se trata de “Efectismos y otras vainas”. Coedición del extinto Centro de Actividades Literarias José Lira Sosa y la también fenecida y “legendaria” Casa de la Poesía Monaguense “Félix Armando Núñez”. La estructura arquitectónica de este intenso tratado de las pasiones humanas escrito por el poeta Zoilo Abel Rodríguez (El Furrial, Estado Monagas-Venezuela, 1949) consta de unas 65 páginas de delirante creación literaria y su modesto tiraje no superó los mil ejemplares.
Debo decirlo sin ambages en señal de respeto al tipo de crítica literaria que desde hace unas dos décadas realizo: cuando “Efectismos y otras vainas” adquirió carta de ciudadanía literaria como magnífico texto poético, aforístico y de relatos brevísimos que contienensus sabias páginas, la ciudad de Maturín podía ufanarse de exhibirse, en el concierto de los Estados del Oriente de Venezuela, como una de las más respetadas capitales culturales de nuestro país. Con un nada ostentoso presupuesto el Centro Lira Sosa pudo editar en un solo año, 1999, 7 libros de poesía. Nuestra querida ciudad era el centro de ebullición literaria por excelencia del Sur-Oriente del país. Ocho años después, nunca jamás la cuna de grandes ensayistas, novelistas, poetas, historiadores, músicos de envidiable estirpe, nunca volvió a resonar ante el proscenio de la nación como el emporio de la sensibilidad estética que venía configurándose a paso lento pero de manera firme y sostenida en el fragor de una labor individual y colectiva de primer orden.
De los libros que he tenido la fortuna de leer, y re-leer, ad infinitum, ¡y mire que son legión!, este de Rodríguez ha logrado lo que pocos: mover y/o conmover los fundamentos esenciales de mi formación humanística, sus ígneas y perturbadoras páginas han conseguido sacudir los cimientos de mi cosmovisión estético-literaria por la descarnada franqueza con que el escritor vierte en sus poemas y aforismos su vasta y envidiable cultura universal abrevada en prolongadas temporadas de estudios formales y académicos en Europa y consolidadas con la ayuda de lecturas de los mejores autores clásicos que ha aportado la especie humana a la insaciable cauda inmaterial de la humanidad.
Este escritor de rancio abolengo monaguense pertenece, por indiscutible derecho de primogenitura, a la más selecta aristocracia del espíritu poético de nuestras letras regionales. Conozco innúmeros escritores que escriben (tal vez sería mejor decir fabrican) libros como salchichas y al cabo de su finito tránsito por estos bajos reinos de Dios nadie los recuerda, nadie los cita y sus pilas de libros publicados ¿en verdad alguna vez fueron escritos? son devorados por el más cruel de los anonimatos. Zoilo Abel Rodríguez pertenece a las antípodas de los poetas que publican mucho. Nada a contracorriente; es parco en editar y no porque le falta el recurso pecuniario para hacerlo sino porque respeta sagradamente al lector y por ello prefiere pulir la palabra hasta hacerla chirriar y que ésta le pida “perdón” a su autor. Por efectos de un morboso ejercicio de autoflagelación me he dado a la tarea de preguntar en librerías y a cuanto amigo o conocido por este libro de Rodríguez: resultado, ¡agotado! Lamentable constatación. Provoca no rendirse ante la evidencia pero es inútil. Si nadie lo re-edita será un incunable del futuro.
Leo con enfermizo regusto versos y aforismos de este libro que me subsumen en las deliciosas mieles de una ironía que pertenece al pasado; Switf, La Bruyére, Schopenhauer, Cioran y eternos moralistas que pertenecen al patrimonio cultural de la humanidad respiran en líneas de no pocas páginas de este portentoso ejercicio de desacralización del tejido discursivo del mundo. Desde que sentí que alcancé lo que con el tiempo estimo es mi madurez intelectual sólo sucumbo ante las caleidoscópicas iridiscencias de una frase insuperablemente bien escrita pero que resuelle una ironía capaz de romper mandíbulas. Detesto leer un libro que al cabo de su última página me deje la hórrida sensación de esa impunidad psíquica y es por ello que celebro con un beneplácito rayano en la indecencia el hecho de que la vida me haya dado la oportunidad de volver a encontrarme con este tesaurus linguisticus que representa este casi centenar de páginas. Si por alguna de esas casualidades del destino, alguien que esté leyendo estas intempestivas líneas conoce y ha leído “Efectismos y otras vainas” le ruego encarecidamente guiñe el ojo del alma en señal de discreta e imponderable complicidad con estas lacónicas confesionales apreciaciones de lector que presumo ser. No otra cosa me anima al regresar a este país de las nubes que es este maravilloso libro.
Este libro es lo más parecido a una caja de Pandora; en él hay mucha evocación paradojal pero igual saltan de sus páginas irreverencias y ráfagas iconoclastas que nos recuerdan de dónde venimos y hacia dónde vamos como seres humanos y eso me gusta y subyuga al extremo de adoptarlo desde hace unos meses como una especie de libro de horas que leo y releo cuando el aire se me torna irrespirable que no es poco decir en verdad.

Confesiones sobre la crítica literaria en Venezuela


Confesiones sobre la Crítica Literaria en Venezuela



Lo que estimo de mayor relevancia en una Obra Literaria es su originalidad temático-formal, su contribución (aportes) al patrimonio literario de la humanidad. Su proposición formal en la búsqueda de nuevos rumbos estilísticos del lenguaje poético del autor.

No me considero particularmente nadie autorizado para “Juzgar” una Obra Literaria. Ni en Venezuela ni en el resto del mundo existen Escuelas ni Facultades en Universidades que gradúen “Críticos Literarios”. Ni en París, ni en Oxford ni en ninguna parte del orbe se otorga el título de “Crítico Literario”; así como tampoco se gradúan “poetas” autenticados con un pergamino profesional.
Para analizar, estudiar, interpretar, discernir o realizar una hermenéutica de la Obra Literaria me apoyo en los aportes teórico-metodológicos de las grandes corrientes de pensamiento que la humanidad conoce: Desde el Círculo de Copenhague, pasando por los Formalistas Rusos hasta las diversas escuelas estructuralistas de raigambre francesa y los fundamentos epistemológicos de la Escuela de Frankfurt, especialmente los aportes de Adorno y Walter Benjamín. Jamás me circunscribo a una teoría o método, por muy ambiciosa que presuma. Tal la teoría estética del “marxismo”.

En este sentido me asumo radicalmente postmoderno. Hago uso de toda noción, concepto o categoría de análisis que me permita la comprensión del texto literario en todas sus complejas aristas teóricas. “Con el tiempo irá componiéndose una antropología del conocimiento, una hermenéutica y una pragmática trascendentales, una semiótica como filosofía primera, una teoría consensual de la verdad y una ética discursiva que contemple en su vertiente de aplicación, cuestiones estético-literarias, artísticas, filológicas y filosóficas y cuanto en la vida cotidiana demanda una respuesta normativa consensuable”. (Karl-Otto Apel. Teoría de la verdad y ética del discurso).

Es menester reconocerlo de modo enfático: el periodismo cultural venezolano ha tenido muchos aciertos, muchos: gracias al periodismo cultural Venezuela puede enorgullecerse de contar con un dignísimo Staff de comunicadores sociales que cubren la fuente cultural en Caracas y en la mal llamada “provincia venezolana”. Aunque muchas ventanas literarias son impulsadas por personalidades o individualidades NO PERIODISTAS. No existe un día del año que los grandes periódicos de circulación nacional no destaquen una nota de prensa alusiva a acontecimientos artísticos, culturales o específicamente literarios y ello es indicativo de la buena salud del estado de la creación literaria nacional.

Dado el lamentable estado de beligerancia antagonista que vive el país, es obvio que los ámbitos culturales de la prensa nacional también acusa un clima de “encono militante”.



Los reseñistas, los articulistas, los lectores independientes que realizan recensiones de libros y los críticos literarios están, todos por igual, arropados por la dialéctica del “pro” o “el contra”. Un inobjetable desacierto del periodismo cultural en Venezuela lo constituye la subestimación de la fuente cultural. Si el periodista cultural está mal remunerado: ¿qué puede esperarse del crítico literario? A éste último se le solicitan ensayos críticos ad honores convirtiéndolo en una risible figura burocrática rayana en el intelectual mendicante. Es muy triste y lamentable la actual situación de minusvalía en que se encuentra el crítico literario venezolano. Parafraseando una frase muy socorrida en los medios periodísticos nacionales: “el que aspire vivir de la crítica (literaria) ni vive ni come.”
Por doquier observamos mucha tinta derramada por mandato de oscuros intereses propios de cofradías y compadrazgos (camaradería literaria). No debe confundirse la reseña de libros con la crítica literaria, ni ésta con la recensión de la bibliografía de reciente aparición en el mercado editorial. El verdadero lector profesional y muchos de ellos son críticos muy a su pesar, privilegia el texto literario por encima de circunstanciales lazos afectivos o amistades azarosas que el oficio inexorablemente va creando. Al fin y al cabo el crítico es un animal social (en sentido aristotélico) y no puede sustraerse a las determinaciones inevitables de trasiego civilizatorio.
Personalmente, estimo que los hay sin duda aquellos que ofician de comentaristas de libros de naturaleza literaria por razones estrictamente económicas. Muchos lectores trabajan para editoriales y desempeñan una labor encomiable comentando y criticando obras literarias. No es este afortunadamente mi caso. Me mueve una pasión insobornable a la hora de aproximarme a una lectura crítica. Mi interés fundamental cuando un poemario, una novela o un libro de cuentos se apodera de mi atención como lector está esencialmente en la dimensión subjetiva (y subjetivista) de su esteticidad. Nunca realizo una crítica con fines didácticos ni pedagogicistas. No hago concesiones al lector. Aún más: nunca pienso en el lector cuando comento un libro, al menos no en un lector ideal. El libro es para mí el alfa y el omega; es factible pensar que en algún lugar de esa intermediación siempre estará un lector potencial o real que, como es de esperar, lleva una pulsión crítica que tiende a despertar cuando uno menos lo espera.

Insisto en no confundir la reseña de libros con la crítica literaria. Mi objeto de estudio, mi campo de investigación (la Obra Literaria) es una creatura del ser y por ello mismo es susceptible de comportar aspectos que pudiéramos estimar de índole errático. Nunca me cohíbo de decir lo que pienso de un libro; y sé perfectamente los problemas que eventualmente puede acarrearme mi franqueza con el autor. El respeto a sí mismo –pienso- debe estar por encima de las posibles flaquezas del lector crítico. Es parte irrenunciable del oficio. Jamás hice una crítica por encargo y no por ello dejan de llegar a mis manos decenas de libros por correo a mi casa tanto de escritores venezolanos como extranjeros.

No trabajo para editorial alguna y ello me salva de eventuales presiones administrativas o burocráticas. No soy columnista fijo de ningún periódico. Acaso si colaborador regular de revistas digitales de Hispanoamérica o Articulista de Opinión de periódicos de circulación nacional. Cuido celosamente mi independencia criteriológica y trato de resguardar al


máximo posible mi autonomía epistemológica al respecto. Mi espíritu ácrata y cimarrón me impide la vergonzante praxis de la genuflexión o la pusilanimidad intelectual.

Me interesa mucho el tema hipercomplejo de la crítica genética. Trato en lo posible de investigar a fondo las condiciones históricas y socio-políticas en que se gesta la Obra Literaria. Mi mirada como lector siempre termina seducida por las determinaciones externas que acompañan de modo indefectible los procesos creativos del sujeto lírico. Sucumbo ante la irresistible fascinación que ejerce en mi sensibilidad estético-literaria el papel que ha jugado el poeta en los procesos de “cambio social” o en las “revoluciones”.
Nunca sabremos con certeza y cabalmente cómo se inserta el literato (el hombre de letras) en dichos procesos de mutación socio-cultural.
No soslayo en mis lecturas la atenta búsqueda de un timbre elocutivo, una voz que no se reconozca legataria del bullicio y del estruendo que por buena literatura quiera hacerse pasar. No pierdo las esperanzas, ¿cómo perderlas? de dar con ese mediterráneo venezolano, aunque me sepa derrotado de antemano. Al fin de cuentas un crítico literario es eso: alguien que se sabe derrotado por adelantado y sin embargo apuesta por la ilusión de la lectura; un Sísifo que comprende que cada libro puede ser el último que sus ojos lean.