La revoluciòn àgrafa
Rafael Rattia
“Yo te conozco Robalo por el camino que vas…” dice la canciòn que todos tarareàbamos con inaudito jùbilo patriota en la escuela escuàlida y cuartarepublicana. Para decirlo màs enfàticamente; durante las denostadas dècadas del endemoniado puntofijismo adeco-copeyano el venezolano demostraba ser màs nacionalista y celoso garante cuidador de su integridad identitaria que en este anèmico y pusilànime tiempo de caricaturesca “revoluciòn” bolivarera ataviada de fatuas y farsescas orlas “bolivarianas”; las comillas son de hierro, como de hierro es esta “edad de hierro” revolucionaria chavo-castrista. ¿Què dirìa Hesìodo, el autor de la inmortal obra “Los trabajos y los dìas” y de la celebèrrima divisiòn de la historia en edades?
Con inocultable estupor el paìs asiste por estos dìas a la concreciòn jurìdico-polìtico institucional de un indetenible proceso ralentizado de vaciamiento de sus contenidos estèticos, artìsticos y culturales por la vìa de una especie de autobloqueo endògeno de sus posibilidades de desarrollo espiritual. El Decreto con fuerza, valor y rango de Ley emitido por el Ministerio de Industrias Ligeras y Comercio (MILCO) dirigido a declarar el libro importado como Producto no imprescindible por su naturaleza no-nacional y al cual se le colocan trabas y obstàculos inauditos jamàs conocidos en el devenir de nuestra historia republicana desde la apariciòn de la impenta en Venezuela, testimonia una vocaciòn indubitablemente àgrafa que se enmarca de modo inequìvoco en anacrònicos conceptos obsidionales, aislados de la corriente incesante de la cultura universal. Obviamente, cerrar las posibilidades de ingreso del libro extranjero, ¿acaso el libro no es por definiciòn extranjero? Todo libro que merezca autènticamente ser catalogado de tal es, por su intrìnseca naturaleza, apàtrida. El buen libro no conoce fronteras geogràficas y, desde luego, las ideas tampoco, ni las metàforas por antonomasia las ùltimas ìnsulas del espìritu libre y no dogmàtico, aunque el poder se afane con espeluznante denuedo en colocarles asfixiantes alcabalas que pretendan hacerles inviables su natural circulaciòn democràtica.
Quienes se empecinan, obsecuentemente, en quedarse en el ùltimo vagòn del tren de la historia arguyendo teorìas y principios hace dècadas demolidos por el trapiche del devenir històrico, no advierten que, con Augusto Monterroso: “Cuando despierten… el dinosaurio todavìa estarà ahì”.
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