Chavismo, reforma y revoluciòn
Rafael Rattia
La prueba màs categóricamente fehaciente de que el chavismo no es revolucionario es su postura a propòsito de la reciente estatitazaciòn de SIDOR; dije estatización, lèase bien: no dije socializaciòn de los medios de producción. Segùn la teoría clàsica existe un sinfìn de rasgos distintivos que separan el concepto –y la praxis- de revoluciòn de una reforma. El tema de la posible expropiación de SIDOR por causa de utilidad pùblica comporta complejas aristas en las cuales està implícitamente implicado el tema de la reforma y revoluciòn. A menos que estè equivocado; tengo entendido que una autèntica revoluciòn pasa necesariamente por la toma del poder, no del gobierno, que es cosa distinta, por parte de la clase obrera (proletariado) y campesina, trabajadores manuales e intelectuales del campo y la ciudad, estudiantes, marginales y excluidos de la lògica econòmica dominante en el modelo del règimen de capital. La diferencia, una de tantas, entre el chavismo de raigambre marxista autoritaria y la praxiologìa àcrata, anarquista-libertaria y autogestionaria estriba en que el chavismo patriotero y chauvinista expropia las empresas privadas y las somete a la ègida del omnìmodo poder estatocràtico. La gerencia privada es sustituida por una casta tecnoburocràtica parasitaria que ùnicamente rinde cuentas a la nomenclatura partidocràtica del PSUV. En diez años de socialismo bolivariano no se tiene noticia de alguna experiencia que refiera la existencia de una genuina “democracia directa”, o “democracia fabril” como gustaba llamar a Antonio Gramsci el gobierno de los Consejos Obreros de Fàbrica a propòsito de las huelgas salvajes turinesas y milanesas de la segunda dècada del siglo XX. Los debates, ricos en enseñanzas a este respecto, que encarnizadamente sostuvo Gramsci con Amadeo Bòrdiga y Palmiro Togliatti dejaron para la posteridad invaluables aclaratorias acerca de los alcances històricos de la reforma respecto de la revoluciòn. La polìtica expropiacionista que adelanta el Presidente de la Repùblica en nombre del socialismo revela una soberana contradictio in abyecto pues los trabajadores fabriles siguen siendo superexplotados y sometidos a condiciones infrahumanas de trabajo sin ningún tipo de beneficios contractuales laborales, comenzando por la ausencia de una discusión del Contrato Colectivo que dignifique su “status tècnico-profesional” que actualmente exhibe niveles deplorables reñidos con la normativa internacional.
Se supone que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma y no de un estamento vanguardista privilegiado que viaja por el paìs con dineros del erario pùblico nacional y se aloja en hoteles 5 estrellas con todos los gastos pagados por la renta petrolera del anquilosado y paquidèrdimo Big Brother Leviatán.
Una de las caracterìsticas que diferencian antagónicamente el chavismo autoritario, jeràrquico y militarista ¿es necesario decir antidemocràtico?, de las corrientes libertarias es que el primero proclama y ejerce la heteronomìa en el seno de la empresa; mientras que el anarquismo postula e intenta llevar a cabo la autonomìa obrera dentro del complejo trasegar de las tensas y dinàmicas pràcticas laborales de la empresa. No es difícil advertir que la vocaciòn estatizante de la revoluciòn se inscribe perfectamente en el paradigma reaccionario y retrògrado de la reproducción a escala ampliada del règimen del capital en detrimento y desmedro de la cultura del trabajo. Las ganancias de la empresa, cuando las hubiere, pues el socialismo bolivariano es especialista en quebrar toda empresa que expropia y estatiza, siempre van a parar a manos del fisco nacional, o lo que es lo mismo del erario estatal; de ahì a manos del PSUV sòlo hay un paso.
Se puede catalogar la polìtica socio-econòmica de Chàvez como un programa de neto corte neokeynesiano de izquierda reformista pero jamàs de revolucionaria.
miércoles 30 de abril de 2008
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