TUS AGUAS
Ahora surco tus aguas enigmáticas
Tus pretéritas soledades umbrosas
Y me sumerjo hondo y vehemente
En tus nubes abrileñas cual Albatros
Cansado y feliz de haber cruzado tus cálidos
Mares insistentes, calmos e insistentes…
Me interno sin brújula hasta tus regiones
Ignotas, impensadas y planto mi simiente
En tus prados ardorosos
Bebo de ti el vino prohibido de tu savia
Inquieta
Escancio tus temblores indómitos
De pez blanco y mantequilla
Celebras con música de alas
Mi osada ocurrencia de volver
A descubrirte nueva, intocada
Recién nacida, como flor abriéndose
Al mundo y recibiendo el ardiente
Rocío de guardados tesoros encofrados
En mis alforjas inconfesables.
¿De qué nos sirve?
¿De qué nos sirve el plagio si nuestra única certeza
Es la de ya estar muertos?
¿Por qué el denuedo y la ansiedad irresoluta de entendernos
Si en el espejo en que nos reflejamos sólo vemos el cráneo
Vacío de nuestros hermanos, otrora fachendosos, como nosotros mismos?
¿Para qué cortar la rosa y mutilar el rosal si evocando su nombre su fragancia revive y la restaura en sus pistilos genésicos?
Bogando aguas arriba el cielo es un océano que mira hacia abajo queriendo ser líquida memoria.
La semilla que plantamos en una cálida esquina del Arca
Materna se convirtió en pétrea evocación: las hórridas babas de los jerarcas en el poder disecaron en futuro que portaba la semilla decrépita.
Este es el reino clausurado de una maternidad arrasada por los oscuros nubarrones de la desdicha.
En esta casa sólo se habla bajo el signo de la retórica del silencio: el que hable es hombre muerto, reza una inscripción
Tallada en las puertas del paraíso fluvial. El que habla no come y viceversa. Nadie nos dijo que el futuro era esta estafa forrada de oropeles irresistibles, ataviada de optimismo demente. ¿Acaso advertimos, desde la torre del vigía la inutilidad del sueño interrumpido por lobos aullantes queriendo degollar nuestros hijos nonatos?
Tus pretéritas soledades umbrosas
Y me sumerjo hondo y vehemente
En tus nubes abrileñas cual Albatros
Cansado y feliz de haber cruzado tus cálidos
Mares insistentes, calmos e insistentes…
Me interno sin brújula hasta tus regiones
Ignotas, impensadas y planto mi simiente
En tus prados ardorosos
Bebo de ti el vino prohibido de tu savia
Inquieta
Escancio tus temblores indómitos
De pez blanco y mantequilla
Celebras con música de alas
Mi osada ocurrencia de volver
A descubrirte nueva, intocada
Recién nacida, como flor abriéndose
Al mundo y recibiendo el ardiente
Rocío de guardados tesoros encofrados
En mis alforjas inconfesables.
¿De qué nos sirve?
¿De qué nos sirve el plagio si nuestra única certeza
Es la de ya estar muertos?
¿Por qué el denuedo y la ansiedad irresoluta de entendernos
Si en el espejo en que nos reflejamos sólo vemos el cráneo
Vacío de nuestros hermanos, otrora fachendosos, como nosotros mismos?
¿Para qué cortar la rosa y mutilar el rosal si evocando su nombre su fragancia revive y la restaura en sus pistilos genésicos?
Bogando aguas arriba el cielo es un océano que mira hacia abajo queriendo ser líquida memoria.
La semilla que plantamos en una cálida esquina del Arca
Materna se convirtió en pétrea evocación: las hórridas babas de los jerarcas en el poder disecaron en futuro que portaba la semilla decrépita.
Este es el reino clausurado de una maternidad arrasada por los oscuros nubarrones de la desdicha.
En esta casa sólo se habla bajo el signo de la retórica del silencio: el que hable es hombre muerto, reza una inscripción
Tallada en las puertas del paraíso fluvial. El que habla no come y viceversa. Nadie nos dijo que el futuro era esta estafa forrada de oropeles irresistibles, ataviada de optimismo demente. ¿Acaso advertimos, desde la torre del vigía la inutilidad del sueño interrumpido por lobos aullantes queriendo degollar nuestros hijos nonatos?
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