David González Lobo y su “Casa de Fuego”
Hace ya más de dos décadas, cuando conocí al poeta David González Lobo en los pasillos de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes. Era la Mérida que guardaba fresca en su memoria la muerte de Domingo Salazar; la misma que albergaba en su seno de ciudad maternal los pasos inciertos del insigne poeta Gilberto Ríos, las refriegas estudiantiles contra las fuerzas represivas del Orden; era la Mérida que manifestaba por calles y avenidas por la contaminación del río Mucujún.
Mi memoria lo evoca parsimonioso y taciturno, de andar pesaroso por los corredores de la emeritense universidad, con la única compañía de un pequeño morral lleno de libros. Lo recuerdo asaz bien; mientras yo quemaba cauchos e incendiaba barricadas por reivindicaciones menores el poeta leía ávidamente la literatura prehispánica e hispanoamericana. Recuerdo vivamente sus conversaciones con Belfort Moore, con el poeta Octavio González, con el siempre activo promotor de las letras, lector y profesor universitario Diómedes Cordero, Gregory Zambrano, Gonzalo Fragui, la entrañable Piedad Londoño y la inteligente Sobeida Núñez. De esa estirpe de intelectuales viene el escritor bariniteño, residenciado en Sevilla, España desde 1991. Siempre le asocié a una sensibilidad de beduino; su alegre tristeza era un personaje transitorio que lo habitaba para poder soportar el ruido y la estridencia que se originan en el bullicio de la carrera academicista.
Un buen día me enteré que había decidido irse a España a continuar estudios Doctorales y desde ese tiempo ya no supe más del poeta hasta ahora que tengo en mis manos “CASA DE FUEGO” Ediciones Mucuglifo, Febrero 2004.
El poemario está dedicado al gran antólogo, investigador y polígrafo cubano-venezolano Julio Miranda y es justo que así ocurra, pues no hay nada que merezca mayor agradecimiento que una verdadera e indestructible amistad literaria y el autor de “Rock Urbano” siempre testimonió una ferviente admiración intelectual por el prometedor futuro literario de David González Lobo. Y, ciertamente, no erró el poeta Julio Miranda, sólo que ya no vive para constatar su certera premonición.
El libro se organiza así: Solar, Piedras, Madera y Fuego y Nubes. Los epígrafes hablan por sí mismos: Alberto Caeiro, Julio Cortázar y Rafael Cadenas, tres gigantes de la literatura universal constituyen el santo y seña de esta gozosa aventura poética de trascendente impronta artístico-verbal.
“Casa de Fuego” es un libro escrito polifónicamente, en él se advierten varias voces queriendo explicitarse como paisaje, como cuerpo y misterio, como enigma de las cosas que dicen su lenguaje sin acudir a la traducción que el lenguaje mismo permite por el signo. He aquí una poesía que conmociona al lector hasta las lágrimas, poemas que concitan el temblor emocionado de quien lee estos versos desde el entusiasmo vital que motivó su escritura. El tiempo cronológico que le da vida al poema transcurre en la nocturnidad y los atardeceres; acaso esa recurrencia, ese sístole metafórico sea el origen de la lugubrez de no pocos textos que informan este libro. De allí la profunda inclinación del poeta a la melancolía. Dice el poeta: “Esta noche se llamará mariposa, sonido del fuego, sencillez del girasol que grabo en el agua para cuando desaparezca.”(p.28). No se trata de una poesía depresiva, es melancolía lírica lo que marca la estructura significativa del poema en este libro. Después de leer “Casa de Fuego” el lector sabe “a ciencia cierta” en qué consiste el esplendor de la palabra poética. Este libro de González Lobo nos confirma lo que ya intuíamos antes de adentrarnos en sus interminables aciertos: la poesía puede existir sin la realidad pero difícilmente podemos imaginarnos una realidad sin algún sustrato poético. La terrible belleza que informa la poesía de “Casa de Fuego” se patentiza en el sentimiento de la pérdida, en la certeza de “los amores solitarios” que todos llevamos consigo a lo largo de nuestro itinerario vital. La prodigiosidad verbal que exhiben estos textos poéticos asimilan a su autor a lo más granado de su generación; descuella el poeta entre sus pares con inusitada calidad literaria.
viernes 29 de febrero de 2008
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