El Ocaso de la Crítica
Rafael Rattia
Históricamente, desde que homo sapiens se sabe consciente de ser una entidad socio-antropológica ontológica y metafísicamente capaz de preguntarse por sus propias trazas de escritura y pensamiento, la crítica (práctica y teórica) ha estado indisolublemente aparejada a todo propósito de cambio. Indefectiblemente, cuando se dice “cambio” se dice taxativamente ruptura, modificación de hábitos y sacudimiento de costumbres instaladas por la fuerza de la compulsión psicológica externa (el socius locus) en la mente y cuerpo –estructura psico-somática) del individuo. Tal vez por el razonable temor que infunde la idea de cambio en toda persona; pues no hay cambio impunemente, muchos seres humanos se escandalicen cuando oyen hablar de “revolución”. Muchos escritores, intelectuales, (y lo peor del caso: con fama y nombradía literaria) suelen confundir la crítica textual con el denuesto y la desmedida arremetida ética y personal contra el individuo. Aquello por esto. Probablemente continúan pensando, erróneamente, que la crítica es un paredón de fusilamiento a donde hay que llevar a todo aquel que no se aviene con nuestros gustos estéticos. El yerro de quienes así piensan, y actúan, se ha introyectado de tal modo y con tal fuerza en ellos (“los críticos”) que ha terminado por convertirse en rasgo característico del “crítico” local; quiero decir, nacional, esto es; venezolano.
Obviamente, todo ejercicio crítico supone un contexto histórico-social, toda crítica es de alguna manera legataria de una época y de una dimensión temporo-espacial. La aberración consiste en querer “traspapelar” el contexto con las condiciones individuales y subjetivas que caracterizaron la conducta personal del autor del texto. “Críticos” los hay en nuestro país que presumen continuar viviendo de las canonjías y prebendillas que les deparó en cierta época el haber emborronado unas cuantas cuartillas sobre grupos y grupetes literarios, manifiestos poéticos y cartas de presentación de algunos “escritores nacionales” que la mitad de sus exsangües y anodinas vidas intelectuales se la pasaron subsidiados por el mecenazgo estatalista. El de ayer y de hoy. Produce grima ver tanto crítico por encargo haciendo halagos de baja estofa para “justificar” un mísero mendrugo quincenal en la taquilla ministerial: y a esos se les llama “críticos literarios” en este país. La orla y el ditirambo fácil signa sus garabatos mal escritos en los periódicos y publicaciones periódicas destinadas a la difusión cultural y literaria nacional. ¡Que pobreza de espíritu! ¡que menesterosidad intelectual! ¡que pobrediablez cultural! ¡aquí lo que reina es la mentecatez de las loas y elogios de la fachenda mutua!
Tal pareciera que en Venezuela estuviéramos viviendo un tiempo histórico-cultural de ensalzamientos vacuos y de cultos infames a la personalidad de empequeñecidos personajillos de la farsa pseudo-culturosa venezolana. A poco que Usted voltee y observe en derredor podrá advertir una recua de “gerentes culturales” estatofílicos (adoradores del Estado) que viajan y pernoctan en hoteles cinco estrellas con todo lo que ello implica sin aportar una sola cuartilla que valga la pena ser publicada con un mínimo de decencia. La antigua crítica, el añejo espíritu subversivo e impugnador devino alma adocenada y Vulgata del mal gusto y del pensamiento chato y envilecido. El otrora admirable heraldo de la disidencia es hoy la triste y estropajosa figura del arlequín mediático que a todo dice que sí y a nada dice que no. La dialéctica negativa de la gloriosa “Escuela de Frankfurt” con Walter Benjamín, Teodor Adorno y Max Horckheimer a la cabeza de las posturas heterodoxas y ácratas (léase, libertarias y anarquistas) son hoy en este presente histórico una curiosidad museográfica. Me pregunto en el paroxismo del estupor intelectual, porqué en este triste villorio de ciudad sin intelectuales corajudos, nadie cita a Toni Negri, Cornelius Castoriadis, Rudolf Bharo; será que nuestra casta e “ilustrada” casta de eunucos del pensamiento subsidiario no conocen la tradición irreverente de las ideas políticas de finales del siglo XX y comienzos del XXI? ¿Es acaso ello el natural resultado de la compulsiva ideologización homogenizante que auspicia el bloque histórico dominante y su monolítica hegemonía estético/cultural?
Rafael Rattia
Históricamente, desde que homo sapiens se sabe consciente de ser una entidad socio-antropológica ontológica y metafísicamente capaz de preguntarse por sus propias trazas de escritura y pensamiento, la crítica (práctica y teórica) ha estado indisolublemente aparejada a todo propósito de cambio. Indefectiblemente, cuando se dice “cambio” se dice taxativamente ruptura, modificación de hábitos y sacudimiento de costumbres instaladas por la fuerza de la compulsión psicológica externa (el socius locus) en la mente y cuerpo –estructura psico-somática) del individuo. Tal vez por el razonable temor que infunde la idea de cambio en toda persona; pues no hay cambio impunemente, muchos seres humanos se escandalicen cuando oyen hablar de “revolución”. Muchos escritores, intelectuales, (y lo peor del caso: con fama y nombradía literaria) suelen confundir la crítica textual con el denuesto y la desmedida arremetida ética y personal contra el individuo. Aquello por esto. Probablemente continúan pensando, erróneamente, que la crítica es un paredón de fusilamiento a donde hay que llevar a todo aquel que no se aviene con nuestros gustos estéticos. El yerro de quienes así piensan, y actúan, se ha introyectado de tal modo y con tal fuerza en ellos (“los críticos”) que ha terminado por convertirse en rasgo característico del “crítico” local; quiero decir, nacional, esto es; venezolano.
Obviamente, todo ejercicio crítico supone un contexto histórico-social, toda crítica es de alguna manera legataria de una época y de una dimensión temporo-espacial. La aberración consiste en querer “traspapelar” el contexto con las condiciones individuales y subjetivas que caracterizaron la conducta personal del autor del texto. “Críticos” los hay en nuestro país que presumen continuar viviendo de las canonjías y prebendillas que les deparó en cierta época el haber emborronado unas cuantas cuartillas sobre grupos y grupetes literarios, manifiestos poéticos y cartas de presentación de algunos “escritores nacionales” que la mitad de sus exsangües y anodinas vidas intelectuales se la pasaron subsidiados por el mecenazgo estatalista. El de ayer y de hoy. Produce grima ver tanto crítico por encargo haciendo halagos de baja estofa para “justificar” un mísero mendrugo quincenal en la taquilla ministerial: y a esos se les llama “críticos literarios” en este país. La orla y el ditirambo fácil signa sus garabatos mal escritos en los periódicos y publicaciones periódicas destinadas a la difusión cultural y literaria nacional. ¡Que pobreza de espíritu! ¡que menesterosidad intelectual! ¡que pobrediablez cultural! ¡aquí lo que reina es la mentecatez de las loas y elogios de la fachenda mutua!
Tal pareciera que en Venezuela estuviéramos viviendo un tiempo histórico-cultural de ensalzamientos vacuos y de cultos infames a la personalidad de empequeñecidos personajillos de la farsa pseudo-culturosa venezolana. A poco que Usted voltee y observe en derredor podrá advertir una recua de “gerentes culturales” estatofílicos (adoradores del Estado) que viajan y pernoctan en hoteles cinco estrellas con todo lo que ello implica sin aportar una sola cuartilla que valga la pena ser publicada con un mínimo de decencia. La antigua crítica, el añejo espíritu subversivo e impugnador devino alma adocenada y Vulgata del mal gusto y del pensamiento chato y envilecido. El otrora admirable heraldo de la disidencia es hoy la triste y estropajosa figura del arlequín mediático que a todo dice que sí y a nada dice que no. La dialéctica negativa de la gloriosa “Escuela de Frankfurt” con Walter Benjamín, Teodor Adorno y Max Horckheimer a la cabeza de las posturas heterodoxas y ácratas (léase, libertarias y anarquistas) son hoy en este presente histórico una curiosidad museográfica. Me pregunto en el paroxismo del estupor intelectual, porqué en este triste villorio de ciudad sin intelectuales corajudos, nadie cita a Toni Negri, Cornelius Castoriadis, Rudolf Bharo; será que nuestra casta e “ilustrada” casta de eunucos del pensamiento subsidiario no conocen la tradición irreverente de las ideas políticas de finales del siglo XX y comienzos del XXI? ¿Es acaso ello el natural resultado de la compulsiva ideologización homogenizante que auspicia el bloque histórico dominante y su monolítica hegemonía estético/cultural?


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